viernes, 16 de febrero de 2018

BENOZZO GOZZOLI


Nació en torno al año 1421 en la localidad de Sant'llario a Colombano. En 1427 se trasladó con su familia a Florencia. Parece ser que fue discípulo de Fra Angélico, con el que habría colaborado en la decoración de alguna de las celdas del Convento de San Marcos de Florencia. El aprendizaje con el maestro Angélico se prolongó por espacio de diez años, interrumpidos únicamente entre los años 1444 y 1447, en los que Benozzo colaboró con Ghiberti en la creación de la "Puerta del Paraíso" del Baptisterio de la catedral de Florencia.


VALENCIA DESAPARECIDA: Palacio del Embajador Vich


Fue durante siglos, este palacio del embajador Vich en Valencia, un símbolo del poder y la opulencia de su morador. Aristócrata y diplomático, Jerónimo Vich y Vallterra representó a los monarcas Fernando el Católico y Carlos I como embajador ante la Santa Sede. Durante años residió en Roma donde se empapó del floreciente renacentismo italiano. Nuevo estilo que quiso trasladar a su palacio valenciano, de origen gótico, que se convirtió en una de las joyas de la arquitectura de su tiempo.

De la belleza de esta residencia apenas quedan vestigios, ya que el edificio fue demolido, como tantos otros, durante el siglo XIX. ¿Pero sería posible reproducir, hoy en día, este inmueble? La respuesta es si, de hecho, un equipo de investigadores de cuatro universidades (la Católica de Murcia, las Politécnicas de Cartagena y Valencia y la Universidad de Murcia) han logrado reconstruirlo más de un siglo después con la ayuda de la tecnología digital. La arquitecta Mercedes Galiana, de la Universidad Católica de Murcia, ha liderado esta investigación, ardua y laboriosa ya que exigió una importante recopilación y un minucioso análisis posterior de todos los documentos históricos, literarios y gráficos relativos al monumento, incluyendo, además, la información que escondía el subsuelo.


Tras el derribo, algunas piezas del patio se integraron en otros edificios de la ciudad, entre ellos el convento del Carmen, que por entonces era la sede de la Real Academia de San Carlos. Sin embargo, durante la Guerra Civil, muchas de ellas se trasladaron al San Pío V, donde permanecieron durante décadas. Hoy se puede admirar de nuevo el conjunto de columnas clásicas, capiteles, arcos, cornisas y frontones en el Museo de Bellas Artes de Valencia.

El Palacio del Embajador Vich se situaba en la antigua demarcación parroquial de San Martín de la ciudad de Valencia y su construcción data hacia el 1525, cuando su promotor todavía se encontraba en Italia como consejero del Papa León X. Jerónimo Vich quedará como embajador de Carlos I hasta 1521. Aunque durante la primavera de ese año reside en Florencia al abrigo del Papa. León X muere cuando Vich llega a Valencia el 21 de junio del mismo año al Grao, donde lo recibió Rodrigo de Mendoza, primer Marqués de Cenete, el gobernador Jerónimo Cabanilles y los jurados de la ciudad. Tras descansar en el convento de Jesús, se trasladará al monasterio de la Murta, y no reside en su casa de la calle de los Solers, debido a que las Germanías hacían de Valencia una ciudad insegura. La intención de hacer un nuevo palacio se retrasará por estos hechos.

El comienzo del palacio está fechado hacia 1525 o 1527, persiste la duda de dónde salieron las trazas del innovador patio. Se ha insinuado que la traza del cortile la traerá el embajador desde Roma y, por tanto, que el artífice fuera italiano, apuntando al entorno de los Sangallo. De hecho, a Antonio da Sangallo el Joven, se debe la traza de la iglesia de Santa María de Montserrat en Roma en el 1518, bajo la administración del mismo Jerónimo Vich. Anteriormente Sangallo, había trabajado en la iglesia de Santiago de Roma, junto con Donato Bramante, auspiciada también por la corona española. Hay dudas sobre esta hipótesis, ya que la arquitectura hecha por Sangallo no se parece a la del patio del palacio Vich, sobre todo en la traza del cuerpo de ventanas, que remiten a modelos propios valencianos. Se podría decir que la traza se forjó formalmente en Valencia pero influida notablemente por el ambiente artístico de la Roma de los papas Julio II y León X.
Así el elemento clave del patio que puede desentrañar el artífice de la traza, es el cuerpo de ventanas de la planta noble que da al patio. Esta ventana de curvas, que se podría llamar coronella a la romana, es decir gótica con elementos renacentistas; sólo florece en el ámbito valenciano y tiene su origen en el palacio condal de Oliva, derribado en el siglo XX. Uno de los posibles artífices que debieron tomar parte en las obras del palacio, es el maestro mayor de las obras de la ciudad, Agustín Muñoz.

El 19 de noviembre de 1515, el "Consell de la Ciutat" le concedía licencia para viajar a Roma, seguramente por asuntos relacionados con los intereses de los Vich. El mismo Muñoz junto al cantero Juan de Alicante comenzarán en 1516 la iglesia del monasterio de Santa María de la Murta, convento jerónimo bajo la protección de la familia Vich, ya que era su panteón familiar. Muñoz, pues, estuvo en Roma durante el momento álgido del papado de León X, el patio sería el resultado de ello con una puesta al día después de la llegada de el embajador, la corriente renovadora que también se vivía en Valencia, reforzado por la naturaleza Antiquaria del mármol genovés, explicaría la vinculación del patio con modelos del Renacimiento romano y el carácter endémico del cuerpo de ventanas.

Todos los textos proceden de libros, periódicos, páginas webs y folletos turísticos en los cuales no se menciona de titularidad alguna de derechos. La mayoría de las fotos están tomadas de Internet y en algunos casos son del propio autor. En el caso de la existencia de un titular de los derechos intelectuales sobre estos textos e ilustraciones, y desea que sean retiradas, basta con ponerse en contacto conmigo.

LOS DESPROPÓSITOS DE UNA MONARQUÍA: Tercera Parte


Napoleón está aquí y José se irá cinco años después


Ya tenemos a Napoleón en Chamartín, a tiro de piedra de Madrid. No se encuentra muy decidido a entablar una lucha urbana a la que no está acostumbrado, él prefiere el campo abierto y dos ejércitos preparados para acometerse. Por eso, celebra una entrevista con el representante de la Junta de Madrid, don Tomás Morla. No hay acuerdo, y Madrid se dispone a la defensa, con los pocos medios que cuenta.
Tomás Morla

La artillería francesa no pierde el tiempo y bate las tapias del Retiro, por el boquete abierto entran, como un vendaval de fuego, los fusileros de la Guardia Imperial. Madrid no puede contenerlos y tiene que capitular. El acta se firma el 4 de diciembre, con unas condiciones llevaderas: se conservará la religión católica; a nadie se perseguirá por sus ideas políticas, se respetarán las vidas humanas; se conservarán las leyes y Tribunales de justicia; no habrá nuevas contribuciones; las tropas, previa entrega de las armas, podrán salir de la ciudad; y los generales podrán conservar su rango y títulos, o si lo prefieren, abandonar la ciudad.


Francia reclama la vuelta de Napoleón, pues la situación en Europa es complicada, pero antes quiere darse una vueltecita por el Palacio de los Reyes de España, esos Reyes que tan “amablemente” le han cedido todos sus derechos, y que él, altruistamente, ha pasado a su hermano José. Entra en Madrid por Recoletos, sube por la calle de Alcalá y por Arenal, desemboca en la explanada desde donde se ve el Palacio. Ha hecho el trayecto montado a caballo, al llegar a la puerta, se detiene y descabalga, entrando en la residencia real; sube por la escalinata y le dice a su hermano:

-Estáis, hermano, mejor alojado que yo.

Mientras acaricia la cabeza de un león, como hablando consigo mismo dice:

-Por fin es mía esta España que he deseado tanto.

Sus botas de caballería resuenan a medida que va recorriendo los salones: Salón del Trono, de Embajadores, de Carlos III,… De pronto un retrato llama su atención y se queda mirándolo, es el de Felipe II. Un poco más tarde abandona Palacio, monta de nuevo y emprende el regreso a su residencia en Chamartín. Volverá a Francia enseguida. Europa le espera.
Pilar Acedo

José, que se ha tenido que oír toda clase de reproches por parte de su hermano, pronto encontrará consuelo con la marquesa de Montehermoso. Se habían conocido en Vitoria, durante la huida de Madrid, es la mejor casa de la ciudad y allí se alojó. La marquesa, en el otoño ya, tenía una gran belleza, era ingeniosa y culta, y hablaba perfectamente el italiano y el francés. Pilar Acedo, que así se llamaba entró en el corazón de Bonaparte, convirtiéndose en su favorita oficial. El Rey premia al marqués de Montehermoso nombrándole su primer gentilhombre de cámara, y le concede la grandeza de España. Pilar le acompañará cuando de nuevo tenga que partir de Madrid.

Pero este no es el único amor de José de España, una dama cubana Teresa Montalvo,
Teresa Montalvo
que estaba casada en Cuba con el conde de Jaruco. El conde había sido nombrado por Carlos IV inspector general de tropas en la isla de Cuba. Allí muere. La joven viuda cierra sus salones en Madrid, abriéndolos de nuevo una vez pasado el luto. José Bonaparte reina en España, y la casa de Teresa se abre a saraos y fiestas. Su tío es el general O’Farril, ministro de la Guerra y esta relación le permite adentrarse en Palacio.

Pilar Acedo, la Montehermoso, ve como su belleza va llegando al ocaso. No tarda en surgir el amor entre el Rey José y la condesa viuda. Se ven en secreto, y Bonaparte compra un palacio en la calle del Clavel, donde podrán verse con mayor intimidad. Pero es frágil la salud de la condesa de Jaruco, enferma y se agrava rápidamente. Teresa Montalvo muere, y el Rey llora desconsoladamente ante los restos. Restos que son llevados al recién inaugurado cementerio del Norte, pasada la puerta de Fuencarral. Esa misma noche algunos hombres, entran en el cementerio, desentierran a la condesa y trasladan el cadáver a la calle del Clavel, cavando una fosa en el jardín y en ella la entierran.

Pero la vida sigue traspasados los muros de Palacio, más allá de Madrid, la semilla del 2 de mayo ha cuajado y madurado en una firme decisión de resistencia. En Zaragoza y Gerona, los hombres y mujeres sufren y mueren, mientras rezan y cantan. “La Virgen del Pilar dice que no quiere ser francesa…” El Rey quiere basar su reinado en bases de paz y convivencia, pero los mariscales que le rodean, y su hermano desde Francia, le aconsejan mano dura. José escribe a su hermano: “Mi poder real no se extiende más allá de Madrid, y en Madrid mismo soy diariamente contrariado por gentes… Me acusan de ser muy benigno. Yo no soy Rey de España más que por la fuerza de vuestras armas, podría llegar a serlo por el amor de los españoles; pero para ello es necesario que gobernara a mi manera”.
El toisón de oro

Trata que la realeza se manifieste con toda su pompa. Conserva la antigua etiqueta de la casa de Borbón, añadiendo, como es natural, las modificaciones que requiere el cambio de dinastía. Reforma el escudo real y crea la Orden de España, al tiempo que suprime las que existían anteriormente, exceptuando la del Toisón de Oro. Según el “Reglamento para la servidumbre y Administración de la Casa Real de su Majestad Católica, el Señor Rey Don Josef Napoleón I”, son seis los grandes oficiales de la Corona o jefes de la casa Real: el limosnero mayor, el mayordomo mayor, el camarero mayor, el caballerizo mayor, el montero mayor y el gran maestre de ceremonias. Bajo las órdenes de estos, los restantes oficiales civiles.

El rey impulsa la mejora de Madrid, abriendo nuevos espacios en la abigarradas callejas y plazuelas, llenas de conventos e iglesias, así nacen plazas como las de Santa Ana, del Carmen, del Rey, de los Mostenses, de San Ildefonso, o de San Martín. El pueblo, siempre presto a la burla, ya no solo le llama “Pepe Botella”, ahora ha agregado el de “Pepe Plazuelas”. Sus paseos por las calles de Madrid, habitualmente por motivos piadosos, se ven rodeados de la más grande indiferencia; ni un aplauso, ni una señal de afecto o de respeto. Recibe la tremenda hostilidad silenciosa y latente.

La guerra para los franceses, se está convirtiendo en un total fracaso. Lucha junto a los españoles lord Wellington, y Napoleón aconseja a su hermano que, se traslade a Valladolid y traslade todas sus fuerzas al Norte. José no quiere hacerle caso, sería una segunda huida de Madrid. Pero los acontecimientos se precipitan, se impone la salida de Madrid. El Palacio se convierte en un ir y venir de gentes, que trajinan con cajas y baúles; son descolgados cuadros, desmontadas esculturas, guardados papeles y joyas. Largos convoyes salen por los caminos del Norte. Al rey le acompañan muchos españoles comprometidos con él; van con sus familias temerosos de la venganza de aquellos que desde el 2 de mayo de 1808, llevan ahora cinco años de lucha.

El pasmo de Sicilia

A la vista de Vitoria, tropas españolas e inglesas acosan al ejército del Rey José, un gran convoy consigue librarse de la persecución, en el van “El pasmo de Sicilia” y la “Virgen del pez” de Rafael, junto a cuadros de Murillo y Tiziano. Al poco se entabla la batalla, el equipaje del Rey José, con cuadros, joyas, dinero, documentos y armas, cae en manos de las tropas que intentan liberar a España. A punto esta el Rey de caer en manos de la caballería inglesa. Rápidamente se dirige a Pamplona y desde allí tras una penosa marcha a San Juan de Luz, adonde llega el 28 de junio de 1813.
La Virgen del pez

Napoleón se encuentra en Dresde, donde está tratando la paz con sus enemigos de Europa. Encolerizado da órdenes al general Soult para que se ponga al mando de las fuerzas que aún quedan en España. José Bonaparte ha llegado a Bayona, donde recibe la noticia de que ha sido sustituido. Piensa que es obra de Soult, y abandona la ciudad de incógnito, haciéndose pasar por el general Palacios. En París le espera la marquesa de Montehermoso. Se ha perdido una batalla decisiva y un Trono pero, se ha salvado un amor.
Juan Martín Diez, el Empecinado

El general Hugo, padre de Victor Hugo, ha salido de Madrid. Entran entonces los soldados españoles. El país entero se embriaga de alegría. Son las tropas del Empecinado las que ocupan Madrid. La Regencia se instala en el Palacio Real, y Las Cortes, quedaban instaladas en el teatro de los Caños del Peral, muy cercano a Palacio.





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ARTEMISA LOMI GENTILESCHI: Susana y los viejos


Es una de las obras primeras de Artemisa realizada en Roma. El relato, procedente de los evangelios apócrifos, nos narra el intento de seducción de Susana, la mujer de Joaquín, por dos ancianos; era muy popular en Italia a finales del siglo XVI, pero la interpretación de Artemisia se aleja de la tradición. Sacando a Susana del jardín, metáfora tradicional de la feminidad generosa de la naturaleza, la artista aisló la figura adosándola a un friso que encierra el cuerpo en un espacio rígido y poco profundo. La desnudez casi total de la figura transforma a Susana en una joven desamparada cuya vulnerabilidad queda realizada por el retorcimiento de su cuerpo.
Otras representaciones de este tema en la pintura italiana, como la de Ludovico Carracci y la de Sisto Badalocchio, refuerzan la mirada masculina dirigiendo los ojos de los dos ancianos a la mujer. El guiño cómplice de uno de los viejos hacia el espectador en la versión de Artemisia es quizás único. El triángulo compuesto por las tres cabezas, y la postura de los brazos, no solo hacen de Susana el foco de la conspiración, sino que también implican a un tercer testigo, un espectador que recibe el gesto del viejo, como si también quien contempla forma parte del espacio pictórico.
La figura de Susana está fijada como una mariposa con un alfiler entre esas miradas, dos dentro del cuadro y la otra fuera, pero incorporada implícitamente a la composición. Abandonando las composiciones más tradicionales en las que la figura de Susana está descentrada siguiendo una línea diagonal u ortogonal que permite al espectador moverse libremente en relación con la imagen, Artemisia Gentileschi mueve la figura hacia al centro de la composición y echa mano de la posición del espectador ante el lienzo para fijar a la figura rígidamente en su sitio.

jueves, 15 de febrero de 2018

ANTONIO FILLOL GRANELL


Nacido en Valencia en 1870, se formó en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia, Fue un pintor muy apreciado en su época, pero la Historia no ha hecho justicia con él. Como discípulo de Pinazo y contemporáneo de Sorolla (aunque siete años más joven), su obra lleva décadas sepultada bajo la de ellos.

La pintura de Fillol era dura, atrevida y polémica. Entre sus obras de juventud, destaca «A ése» (1894), donde se describe un suceso excepcional en un entorno cotidiano. El lienzo recoge el momento en que un ladrón ha salido corriendo por una calle del barrio de El Carmen, y un policía –cuya figura aparece recortada- corre en su persecución. Ávido lector de autores naturalistas como Emilio Zola o Balzac, era uno de los pintores valencianos más cultos de su generación. Era también un hombre de raíces humildes que utilizó la pintura como medio de denuncia ante la desigualdad social. Fillol tenía su clientela (entre ella, varios críticos de pintura), y sobre todo un mecenas; el acaudalado industrial valenciano Francisco Pastor, habitual en las tertulias republicanas de la época.


Es de suma importancia su faceta paisajística, que fue a la Albufera de Valencia lo que Sorolla a la Malvarrosa. “En su interés por la Albufera se adelantó incluso a las novelas de su amigo Blasco Ibáñez”. La siguiente evolución de Fillol hacia el modernismo se hace patente en los colores de su paleta. El azul, los amarillos y los malvas tiñen sus composiciones, que adoptan un aire más poético o melancólico.


Su radicalidad se va atenuando a partir de 1910, aunque siempre interesado por las temáticas sociales orientadas a ennoblecer más que a idealizar. A pesar de su originalidad, Fillol nunca llegó a desarrollar del todo su potencial vanguardista. Durante su última etapa adopta un tono más institucional y castizo, hasta el punto de realizar una serie de lienzos costumbristas de gran formato muy semejantes a los que por aquellos años realizaba Sorolla para la Hispanic Society.






DESASTRES NAVALES: Tek-Sing


El Tek Sing era un navío chino de tres mástiles que se hundió el 6 de febrero de 1822 en el Mar del Sur de la China, en una zona conocida como Belvidere Shoals. Tenía 50 metros de largo, 10 metros de ancho y pesaba alrededor de mil toneladas. Su mástil más alto medía 90 pies de altura. Estaba tripulado por 200 hombres y llevaba unos 1600 pasajeros. 

Navegando desde Amoy (ahora Xiamen en Fujian, República Popular China, el Tek Sing se dirigía a Batavia, en la Indias Orientales Holandesas (ahora Yakarta). Iba cargado con productos de porcelana, además de los 1.600 inmigrantes chinos. Tras un mes de navegación, el capitán, Io Tauko, decidió coger un atajo a través del estrecho de Gaspar entre las islas Bangka-Belitung, y encalló en un arrecife. Se hundió en unos 30 metros (100 pies) de agua.
A la mañana siguiente, 7 de febrero, un barco inglés de la India capitaneado por James Pearl que navegaba de Indonesia a Borneo, atravesó el estrecho de Gaspar. Encontrando los restos del barco chino hundido y una enorme cantidad de sobrevivientes. El barco inglés logró rescatar a unos 190. Otras 18 personas fueron salvadas por un wangkang, un pequeño junco chino capitaneado por Jalang Lima. Este barco chino pudo haber estado navegando en tándem con Tek Sing, pero había evitado los arrecifes.
El 12 de mayo de 1999, el británico Michael Hatcher descubrió el pecio del Tek Sing en un área del Mar del Sur de China al norte de Java, al este de Sumatra y al sur de Singapur. Su tripulación recogió alrededor de 350,000 piezas de la carga del barco en lo que se describe como la mayor cantidad de porcelana china jamás recuperado. También se encontraron restos humanos, pero no fueron recogidos, ya que la mayoría de la tripulación de Hatcher, que era indonesia y china, creía que la mala suerte recaería sobre cualquiera que molestara a los muertos.
La carga recuperada de Tek Sing se subastó en Stuttgart en noviembre de 2000.

miércoles, 14 de febrero de 2018

ARTEMISA LOMI GENTILESCHI: Nacimiento de San Juan Bautista


Pintado posiblemente en 1635. Se trata de un óleo sobre lienzo de 184 X 258 cm.




Centrado en un grupo de mujeres vemos a San Juan. En otro grupo de figuras, a la izquierda, podemos ver a Zacarías delante de Isabel que se encuentra recostada en el lecho. Forma parte de una serie de pinturas que encargaron a Artemisa con destino al Palacio del Buen Retiro de Madrid. Al parecer se encargaron para el oratorio de dicho palacio, propuesta no ausente de problemas por la diferencia de tamaño entre las pinturas solicitadas desde Madrid y las medidas actuales del conjunto. 

La cronología debe establecerse en torno a 1635, en parte debido a la propia afirmación de Artemisia, quien el 20 de julio de aquel año afirmaba a Ferdinando II de Medici, gran duque de Toscana, que estaba pintando un cuadro para el virrey español, conde de Monterrey. Por otra parte, detalles como los tipos físicos femeninos o la descripción del paisaje, acercan esta pintura a otras pintadas alrededor de mismo año o a los años inmediatamente posteriores. La tela aparece hoy ampliada en su parte baja e izquierda por una mano distinta, menos diestra que la de Artemisia. 

Si aceptamos las medidas facilitadas por la Testamentaría de Carlos II (1701), se trataba de la pintura más pequeña de la serie, quizás porque fue recortada, o para acomodarse a las dimensiones de la sala para la que fue encargada.

Alberto Durero


Natural de Núremberg, donde nació en 1471, es sin duda la figura más importante del Renacimiento en Europa septentrional. Se formo en una escuela latina, recibiendo conocimientos de pintura y grabado de su padre Michael Volgemut. 

La minuciosidad es uno de los rasgos destacados de su obra, heredados, quizás, del oficio paterno.

Tras su segunda estancia en Italia, pintó las figuras de tamaño natural, que representamos más abajo.





CASTILLOS DE CASTILLA: Castillo de Alcañices


Indicios arqueológicos en la comarca de Aliste, cercana a Alcañices, muestran que existió una población romana, por aquí cruzaba una calzada romana que tiene ramificaciones y enlaces con otras vías que se dirigían al norte. A pesar del origen árabe del nombre de la villa, los musulmanes asentados en el sur de la península, no estuvieron en esta zona más de medio siglo, Alfonso I de Asturias al extender sus dominios hasta el río Duero fue haciendo que su huella se desvaneciera.


En el siglo X, Alcañices quedó integrado en el Reino de León, cuyos monarcas acometieron la repoblación de la localidad dentro del proceso llevado a cabo en Aliste. No obstante, la primera noticia documentada de esta población se remonta a finales del siglo XII, principios del siglo XIII, cuando fue fortificada por los Templarios que se asentaron por estas tierras allá por el siglo XII, entre los años 1126-1312. Así sabemos que pertenecía a la encomienda, concedida por Alfonso IX de León, privilegio que en 1255 confirmó Alfonso X el Sabio, concediéndole a la Villa la recaudación del impuesto denominado la martiniega que se recogía en las comarcas de Aliste y Alcañices. Fruto de la ocupación templaria se tiene el recinto amurallado en el que se construyó la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción. El primer documento donde se cita Alcañices Templario es una concordia entre el rey Alfonso IX y Gómez Ramírez, maestre del Temple el 29 de abril de 1211. Dentro de su reinado los Templarios tuvieron su máximo apogeo en 1210 es en esta fecha cuando datan sus mayores esfuerzos defensivos.

En la Villa los monjes-guerreros se asentaron en un castillo, con su correspondiente recinto amurallado, de él han llegado hasta nuestros días sólo restos de la pared de la muralla y cuatro cubos que reciben los siguientes nombres: del “Trincherón” (situado en la callejuela del mismo nombre), la “Fuente” (ubicado hacia la mitad de la calle de la misma nomenclatura), “Tiacañona” (siguiendo la muralla es el siguiente al anterior) y el más representativo de todos ellos “El Reloj” que se ha convertido en el emblema del pueblo. Recibe este nombre porque se le dio altura y en él se ubicó el reloj del pueblo. El mecanismo del mismo data de mediados del siglo XIX.


El evento histórico que dio fama a esta villa es la firma del Tratado de Alcañices el 12 de septiembre de 1297 para fijar lo que será la frontera entre España y Portugal, y así zanjar definitivamente los conflictos entre leoneses y portugués por el control de la frontera, acaecidos tras la independencia de Portugal del Reino de León en el año 1143. Los firmantes del tratado fueron Fernando IV de Castilla y Dionisio I de Portugal. De este mismo año es el tratado en el que se decide celebrar las bodas reales en la Villa, entre el rey Fernando IV y la hija del rey de Portugal, Constanza de Portugal.

La importancia de la fortaleza de Alcañices viene dada por ser una de las cuatro, junto con Faro, Ponferrada y San Pedro de Latorce, que el maestre del temple ofrece en 1308 al infante don Felipe a cambio de su protección. En septiembre de 1308 el maestre de Castilla y Portugal, Frey Rodrigo Yáñez, se compromete finalmente a hacer entrega de las fortalezas templarias al rey Fernando IV. No hay noticias de cómo y cuándo se entre la fortaleza al monarca, pero no fue algo inmediato ni de entrega total ya que en la primavera de 1310 seguían en manos de los freires los castillos de Alba de Aliste y Alcañices


En los siglos XVI y XVII, la villa se convierte en la capital del marquesado de Alcañices. En este periodo se edifica el Convento y la Iglesia de los Franciscanos y se reconstruye parte de la antigua muralla. Alcañices encabezó uno de los partidos en que se dividía la provincia de Zamora, así, al crearse en 1834 los partidos judiciales modernos, Alcañices encabezó uno de ellos hasta 1983, cuando fue integrado en el Partido Judicial de Zamora.


En su antiguo cementerio parroquial se encuentra enterrado el teniente Pablo Muñoz de la Morena, héroe de la Guerra de la Independencia española, en cuya casa de la calle de los Labradores se descubrió una placa en 2016.

LOS DESPROPÓSITOS DE UNA MONARQUÍA: Segunda Parte


Llegan los franceses, un nuevo rey y … Napoleón


En la Primera Parte, habíamos dejado a Fernando tras su entrada triunfal en Madrid. Carlos IV y María Luisa, emprenden viaje a Bayona, a donde se traslada también Fernando VII. Esperan encontrarse allí con Napoleón que ha salido de París con ese propósito. Mientras en Madrid ya no queda apenas nadie de la familia real. Durante la ausencia de los reyes, ejerce la regencia el infante don Antonio, tío de Fernando. Por las calles y en el “Diario de Madrid”, aparecen avisos para que se prepare alojamiento a los oficiales franceses, incluso con un innecesario servilismo, se les ha entregado la espada que Carlos I tomó a Francisco I, tras vencerle en la batalla de Pavía.

Las tropas francesas se han distribuido estratégicamente a lo largo y ancho de la ciudad: la artillería de la Guardia Imperial en el Retiro; la Caballería, los mamelucos y los lanceros, en el Pósito, junto a Recoletos; los fusileros en la calle de Alcalá.


Siguiendo órdenes del Emperador, a las siete de la mañana, se hallan ante Palacio dos carruajes de camino, para trasladar al resto de la familia real. A las ocho y media suben en uno, la ex reina de Etruria, sus hijos, un aya y un mayordomo; en el otro coche la servidumbre. Arrancan los coches ante la indiferencia de los grupos de madrileños que se han ido reuniendo en la plaza. Los grupos de gente van aumentando ante la puerta de Palacio. A eso de las diez y media aparece el infante don Francisco. Alguien de entre los grupos grita: “¡Nos le quieren llevar!”. La gente se agita, son desenganchados los caballos, se corre, se amenaza. Al fondo de una calle se ven brillar los cascos de los coraceros de la Guardia Imperial. Es la mañana del 2 de mayo de 1808.


El grito de los madrileños es ahogado en sangre. Pero no importa. Ese grito tendrá eco en los días inmediatos. Eco de gloria, rabia, llanto, luto, fusilamientos, … dolor. Desde un balcón unas niñas arrojan un tiesto de claveles, que impacta en la cabeza de un general francés. Es Legrand, el golpe es tan certero que, herido de muerte cae desde el caballo al suelo. Y los claveles se tiñen de sangre.

Mientras Madrid lucha, grita y muere, se van recibiendo noticias de Bayona. Fernando VII ha renunciado a la Corona en favor de su padre, y este a su vez a renunciado en favor de Napoleón. “… He cedido a mi aliado y caro amigo el Emperador de los franceses, todos mis derechos sobre España e Indias, habiendo pactado que la Corona de España e Indias ha de ser siempre Independiente e íntegra, cual ha sido y estado bajo mi soberanía …” Para completar el plantel, los infantes don Antonio y don Carlos renuncian también de sus derechos.


Napoleón ha conseguido lo que quería, y lanza la siguiente proclama a los españoles: “Españoles: Después de una larga agonía, vuestra nación iba a perecer. He visto vuestros males y voy a remediarlos. Vuestra grandeza y vuestro poder hacen parte del mío. Vuestros príncipes me han cedido todos sus derechos a la Corona de las Españas; yo no quiero reinar en vuestras provincias, pero quiero adquirir derechos eternos al amor y al reconocimiento de vuestra posteridad. Vuestra Monarquía es vieja: mi misión se dirige a renovarla; mejoraré vuestras instituciones y os haré gozar de los beneficios de una reforma sin que experimentéis quebrantos, desórdenes y convulsiones…”



A los pocos días le pasa el Trono de España a su hermano José Bonaparte. El decreto imperial manda que la proclamación se haga pública. En Madrid, de acuerdo con ese decreto, pregones, octavillas, bandos, dan a conocer que España tiene un nuevo Rey. Es éste el primogénito de los Borbones, al que Napoleón había dado en un principio el reino de Nápoles y las dos Sicilias, ahora le daba el Trono de España. José llega a Vitoria y lanza la siguiente proclama: “… Pasiones ciegas, voces engañadoras e intrigas del enemigo común del Continente, que solo trata de separar las Indias de España, han precipitado a algunos de vosotros a la más espantosa anarquía; mi corazón se haya despedazado al considerarlo; pero mal tamaño puede cesar en un momento. Españoles: reuníos todos; ceñíos a mi Trono; haced que disensiones intestinas no me roben el tiempo ni distraigan los medios que únicamente quisiera emplear en vuestra felicidad”.

José, no es torpe, es inteligente y sensible, sabe escuchar, su trato es cortes y siente la amistad; pero hay en él un fondo de recelo y desconfianza. Pero sobre todo hay una condición suya que resalta sobre todas las demás: la vanidad, el afán de grandeza. Ama la buena mesa y es poco bebedor, aunque el odio popular le llame “Pepe Botellas”, y lo pongan en coplillas:

“-Pepe Botellas,
Baja al despacho,
-No puedo ahora,
Que estoy borracho.
-Pepe Botellas,
No andas con tino,
-Es que ahora estoy
Lleno de vino”.

Le atacan con la bebida, que no está en su condición, y sin embargo si está su inclinación al eterno femenino. Había casado quince años atrás, en Marsella, con Julia Clary, hija de un rico negociante; que era francamente fea: pequeña, sin gracia en la figura, chata y ancha de nariz, aunque no todo iban a ser defectos, era sencilla, inteligente, hogareña y piadosa. Así mientras ella estaba en París, José en Nápoles andaba en amoríos con una duquesa, con la que tuvo dos hijos. Ahora, con su condición de don Juan, Madrid es un guiño y una promesa.

Pero algo quiebra el ritmo de sus primeras horas en Madrid: el ejército francés ha sido
derrotado en Bailén, Dupont, el general francés, ha entregado su espada a Castaños. La noticia cae como una bomba (nunca mejor dicho), en Madrid, a la vez que renace la esperanza en los que se sublevaron el 2 de mayo. Apenas han estado diez, cuando José Bonaparte dispone la salida de Madrid, el pueblo sale a la calle riendo y cantando. La ciudad es ahora regida por una Junta Suprema Central, radicada en Aranjuez.

Poco dura la alegría pues Napoleón se acerca, trae dieciocho mariscales, trescientos generales y cuatrocientos mil soldados. Esta dispuesto a acabar con los revoltosos, pero Madrid no está dispuesta a ponerle las cosas fáciles y se apresta a la defensa: fortines, barricadas aparecen por todos los lugares estratégicos.

Ya ha pasado Somosierra y pocos días después ha acampado en Chamartín, y él se ha instalado en el Palacio del duque del Infantado.




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ARTEMISA LOMI GENTILESCHI: María Magdalena


Fechada hacía 1622, la podemos admirar en la Catedral de Sevilla. Es María Magdalena una de las figuras principales de la religión católica, muchos enigmas habría que resolver de ésta mujer. Artemisa la expone como ejemplo de fortaleza en un mundo de hombres.

La obra, de extraordinaria calidad, se encuentra en la sala del Tesoro de la Catedral, encima de una puerta. En ella aparece María Magdalena elegantemente vestida, sentada con la mano izquierda sobre el muslo, se nota por sus ojos, que ha llorado. Como atributo distintivo vemos el ungüentario de plata, signo de la pecadora que unta perfume en los pies del Señor y después los enjuga con sus largos cabellos.

Artemisia hizo diferentes versiones de esta obra: esta primera versión; la segunda localizada en el Museo Soumaya, en Ciudad de México. Entre las dos obras, realizadas entre 1621 y 1626, cabe destacar tres importantes diferencias:
- El tamaño del velo o tela que le cubre el hombro derecho, más amplia en la versión sevillana; los rayos X permitieron descubrir que se trata de un añadido posterior, probablemente para sujetarse a los cánones de la Iglesia Católica de la época.
- Otra diferencia tiene que ver con la fisonomía del personaje: la versión del Museo Soumaya se acerca más a la estética prototípica de Artemisia; un ejemplo es la Judith decapitando a Holofernes o Cleopatra.
- La tercera: las pinceladas del lienzo sevillano revelan algunas correcciones, mientras que en la mexicana se aprecia un trazo mucho más preciso y seguro

BENOZZO GOZZOLI

Nació en torno al año 1421 en la localidad de Sant'llario a Colombano. En 1427 se trasladó con su familia a Florencia. Parece ser qu...