miércoles, 26 de julio de 2017

ALFONSO XIII de Manuel Benedito Vives

Óleo sobre lienzo, de 74 x 60,5 cm. Fundación Manuel Benedicto.

MANUEL BENEDITO VIVES


Nacido en la calle Corretgeria, 24 de Valencia un 25 de diciembre de 1875. Su padre era taxidermista En la Facultad de Ciencias. Entre 1888 y 1894 estudia en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia. Al finalizar sus estudios se traslada a Madrid y trabaja en el taller de Joaquín Sorolla al que considera como su maestro. En 1899 marcha a Roma, pensionado por la Real Academia de San Fernando, y en ella permanece durante cuatro años. De este periodo son sus obras preceptivas para mantener la pensión que disfruta y que llevan por titulo: La infancia de Baco, El incendio del Borgo y El infierno de Dante. 

Entre 1905 y 1911 viaja por Venecia, París, Bélgica, Holanda y Bretaña completando sus estudios de pintura y conociendo la vida y costumbres de aquellos lugares en los que se encuentra. Fijando finalmente su residencia en Madrid. En 1923 es nombrado académico de número de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. 

En 1926 realiza una gran exposición pictórica en el actual Convento del Carmen, y que en su momento era ocupado por el Museo de Bellas Artes. A raíz de esta exposición es nombrado hijo predilecto de la ciudad de Valencia. En 1949 realiza otra importante exposición de sus obras, esta vez en los salones del Ayuntamiento de Valencia. 

Entre una y otra exposición su fama se extiende a pesar de la época tan convulsa que le toca vivir incluida la Guerra Civil Española. Se especializa en retratos de personajes de la burguesía española. En 1959 es nombrado Académico de Honor de la Real Academia de San Carlos. 

Fallece en Madrid un 20 de junio de 1963 siendo enterrado en la ciudad de Valencia, tal y como había sido su deseo. A su muerte se crea la Fundación Manuel Benedito en Madrid, que recoge una importante muestra de su pintura. En Valencia tiene dedicada una calle con el nombre por el que era conocido: Pintor Benedito. 

LAS TRES CARABELAS de Colón

LA SANTAMARIA

La Santa María era una carraca de tres palos con velas cuadradas,  construida en Santander y propiedad de Juan de la Cosa, junto al cual, Colón la fletó para su primer viaje. Tenia capacidad para 105,9 toneladas, equivalentes a 51,3 de las de hoy.
Esta robusta nao, había sido construida "a ojo" por hábiles maestros carpinteros. Tenia cinco velas de algodón: la vela mayor con la cruz roja de Castilla,  en el palo mayor de 26,60 metros de altura, y en la parte superior del mismo, otra más pequeña,  la gavia. En el trinquete, el palo más próximo a proa, la vela del mismo nombre. En el de mesana, la vela latina, triangular. El bauprés,  el palo horizontal en el extremo de la proa, sostenía la cebadera, pequeña vela cuadrada. Se podían añadir al palo mayor, dos pequeñas velas cuadradas suplementarias a los lados, llamadas "alas".
En el alcázar, que sobresalía por el puente de popa, estaba el camarote del almirante Colón,  amueblado con gran simplicidad, los demás tripulantes,  dormían bajo el puente de cubierta, junto a una rudimentaria cocina.
La Santa María estaba armada con bombardas y culebrinas,  además de algunas espingardas portátiles.
En los palos estaba izado el estandarte de Castilla y León,  blanco y rojo, con los castillos y los leones. En el de mesana estaba la enseña de la flota, blanca con una cruz verde encuadrada por una F y una Y, iniciales de Fernando e Isabel. El estandarte real, de damasco rojo, con las imágenes de Cristo en la cruz y de la Virgen Maria,  se colocaba en el costado de babor,  en las grandes ocasiones.  Por último,  la enseña personal de Colón era azul con cinco anclas en oro.
Tipo: Carraca de tres palos, proyecto español
Botadura: Hacia 1480
Eslora: 23,60 m.
Manga: 7,92m.
Calado: 2,10 m.
Arqueo: 51,3 ton.
Armamento: 4 bombardas de 90 mm., un cierto número de culebrinas de 50 mm, y ballestas y espingardas portátiles.
Tripulación: 39 hombres

LA NIÑA

La Niña tenía un velamen a la latina puro, con el centro velico bastante exacto, con sus tres velas en el punto medio de las "entenas". Las velas no tienen rizos por lo que carecen del sistema de cabos que permitía reducir la superficie velica en caso de fuerte viento, y las jarcias que sostienen los palos, enganchadas en los costados del barco, por lo que sobresalen.
La Niña carece de castillo de proa, por lo que las maniobras con el cabrestante del ancla se efectuaban al aire libre. Por otra parte el pequeño alcázar de popa no tiene la altura suficiente para cobijar a un hombre, es probable que el timonel estuviera en una especie de pozo, situado debajo del alcázar,  desde el cual asomaba sobre el tronco, sin posibilidad de observar los movimientos y la dirección del barco.
Contaba con tres anclas, según el diario de Colón, después de haber perdido dos junto a las Azores, el barco todavía era capaz de anclar.
Tras perder la Santa Maria,  Colón tuvo que embarcarse en la Niña, para hacer el viaje de regreso, y durante una expedición cerca de las Azores, el 14 de febrero de 1493, se vio obligado a maniobrar la nave con las velas de capa, es decir, aquellas que se izan para resistir el viento demasiado fuerte, evitando así que las olas inunden el barco. Por esto supondremos que la Niña, tenía puente.
Durante su escala en las Canarias, se modificó la Niña pasando de "carabela latina" a "carabela redonda", sustituyéndole sus velas latinas, por velas cuadradas.
Colón realizó con la Niña el segundo viaje, regresando en 1496. Mas tarde fue capturada por los piratas berberiscos, siendo reconquistada por su tripulación,  y regresando a Cádiz,  de donde volvió a zarpar en 1498 en el tercer viaje del Almirante, bajo su mando, la robusta carabela, recorrió no menos de 25.000 millas marinas.
Esta carabela pertenecía a los hermanos Pinzón.
Tipo: Carabela de velas latinas
Botadura: Sin fechar
Eslora: 21,44 m.
Manga: 6,44 m.
Calado: 1,78 m.
Desplazamiento: 52,72 ton.
Tripulación: 20 hombres.

LA PINTA

Era una carabela de velas cuadradas, una grande en el trinquete y otra en el mayor, mientras en el de mesana sostenía la larga verga de la vela triangular latina, el nombre de esta vela debe su denominación a una distorsión de la expresión "a la trina", es decir de forma triangular.
La Pinta fue alquilada a Colón,  por Gómez Rascón y Cristóbal Quintero, los cuales la capitanearon también,  junto con Martín Alonso Pinzón,  siendo el piloto Martín Pinzón,  hermano del capitán.
Tenia un castillo de proa, un alcázar de popa un segundo puente sobre el gran puente de popa. Se deduce que el puente del alcázar se encontraba por encima de la barra del timón, con unos 1,20 metros de altura. El castillo de proa, tenía una altura de 1,40 metros, para permitir las maniobras del cabrestante del ancla.
Según el diario de Colón,  el 8 de octubre de 1492, la Pinta navegó a 15 millas por hora, equivalentes a 12 millas actuales; mientras que el 6 de febrero de 1493, en el viaje de regreso, alcanzó las 11,2 millas por hora. Por esto podemos decir que, la Pinta navegaba muy bien.
Tipo: Carabela de velas cuadradas
Botadura: Sin fechar
Eslora: De 18,25 a 23,60 m.
Manga: De 5,80 a 6,30 m.
Calado: De 1,60 a 1,85 m.
Desplazamiento: 50 ton. aprox.

Tripulación: 25 hombres

JOSÉ GUTIÉRREZ DE LA CONCHA

Último de los Presidentes  de Gobierno correspondientes a la minoría de edad de Isabel II.

Nacido en Córdoba de Tucumán (Argentina) el 4 de junio de 1809 y muerto en Madrid el 5 de noviembre de 1895. Era marqués de La Habana y vizconde de Cuba. Hijo de Juan Antonio Gutiérrez de la Concha y Mazón y de Petra de Irigoyen, se trasladaron a España cuando José contaba con cinco años.

En 1822 ingresa en la Academia de Artillería, licenciándose en 1826 con el grado de subteniente. Su primer destino fue el 5º Regimiento de Artillería. Impartió clases en el Colegio de Artillería entre 1829 y 1830. Permaneció en el cuerpo de artillería hasta 1837, año en el que pasó al cuerpo de caballería. Participó activamente en la Primera Guerra Carlista, en la que fue ayudante de los generales del Ejército del Norte Valdés y Fernández de Córdoba. Destacó en las batallas de Arlabán en 1836, Galarreta, Legutiano y Goa; por su acción en esta última obtuvo la Cruz de Segunda Clase de San Fernando y el ascenso a comandante. También combatió en las batallas de Legarda y Belascoain, por las cuales obtuvo el grado de teniente coronel. Al final de la guerra poseía el grado de coronel y se le concedió el mando del Regimiento de Caballería de Borbón que operaba en el Ejército del Centro. Se enfrentó con Espartero y junto al general León participó en 1841 en un fracasado intento de derrocar al regente, tras el cual solicitó su retirada del ejército.

Gutiérrez de la Concha permaneció alejado de la vida militar y política durante la regencia de Espartero. Se reincorporó a la carrera militar en 1843, cuando comenzó la Década Moderada, siendo ascendido este mismo año a brigadier. En 1844 reprimió las revueltas de Zaragoza y Cartagena, por lo que obtuvo el cargo de mariscal de campo y una nueva Cruz de San Fernando. Posteriormente fue trasladado a Madrid, donde colaboró en la redacción del reglamento táctico del arma de Caballería. Fue nombrado capitán general de Vascongadas en 1845, año en el que obtuvo el acta de diputado por Logroño, iniciando así su carrera política. Volvió a reprimir una revuelta en 1846, esta vez en Galicia y fue ascendido a teniente general ese mismo año.


Los diputados del Congreso le eligieron vicepresidente de la Cámara en 1847. El 1 de abril de ese mismo año fue nombrado director general de Caballería, cargo que ocupó hasta septiembre de 1850, cuando fue designado gobernador general de Cuba. A su llegada a la isla tuvo que hacer frente a la insurrección separatista encabezada por Narciso López, a cuyas tropas logró derrotar. Por su victoria contra los rebeldes fue galardonado con la Gran Cruz de San Fernando y los títulos de Vizconde de Cuba y Marqués de La Habana. Una vez establecida la paz aplicó una política bastante dura hacia los habitantes de la isla, lo que le valió el odio de éstos. Regresó a España en 1852, plasmando sus experiencias al frente de la isla en una obra titulada Memoria acerca del estado político, gobierno y aspiraciones de la isla de Cuba.

En septiembre de 1853 volvió a ser nombrado director general de Caballería. Gutiérrez de la Concha y otros generales moderados se mostraron contrarios a la política de Luis José Sartorius, Conde San Luis. Mostró su desacuerdo votando en contra del gobierno en el Congreso, por lo que fue destinado a Palma de Mallorca. Esta decisión molestó bastante a Gutiérrez de la Concha por lo que pidió su paso al retiro o una suspensión de empleo, pero su petición fue desestimada. Se vio obligado a exiliarse durante un tiempo en París tras la revolución de julio de 1854.

A su regreso fue enviado de nuevo a Cuba como capitán general. En su nueva etapa tuvo que hacer frente a numerosos problemas sociales, económicos y políticos. Durante su mandato tuvo lugar el asesinato del independentista Castañeda y las ejecuciones de Etampes y Pintó. Abandonó la isla en 1859, sin haber encontrado solución a la mayoría de los problemas. Volvió a escribir su experiencia de gobierno, esta vez en un libro titulado Ensayo sobre la situación política de la isla de Cuba. Ocupó la cartera de Guerra en el gabinete presidido por, Manuel Pando y Fernández de Pinedo, Marqués de Miraflores, desde el 2 de marzo de 1863 hasta el 17 de enero de 1864, en que fue sustituido por Francisco Lersundi.


Desde el 23 de junio de 1863 ocupó de forma interina el Ministerio de Ultramar, que pasó a desempeñar de forma definitiva a partir del 29 de noviembre hasta el 17 de enero de 1864. Ocupó en 1867 la capitanía general de Castilla la Nueva. Al estallar la Revolución de 1868, La Gloriosa, Isabel II le puso al frente de sus tropas y el 19 de septiembre de 1868 le nombró presidente del Consejo de Ministros. Gutiérrez de la Concha se reservó las carteras de Guerra y Marina. El general no supo defender los intereses de la monarca, y su gobierno fue el último de Isabel II. Sus tropas, comandadas por el Marqués de Novaliches, fueron derrotadas en la batalla de Alcolea el 28 de septiembre. Tras lo cual presentó su dimisión y su gobierno fue sustituido por otro provisional presidido por el general Serrano.


Tras el triunfo de la Revolución se exilió en Francia. Fue elegido senador en 1871, pero no llegó a tomar posesión del cargo. Regresó a España poco después de la Restauración, el 3 de enero de 1874. En abril del mismo año fue nombrado de nuevo capitán general de Cuba en sustitución de Jovellar. Fracasó otra vez en sus intentos de acabar con la eterna crisis que sufría la isla. Tras un año de presencia en la isla volvió a España. Contó sus luchas con las tropas independentistas de Cuba en Memoria de guerra de la isla de Cuba. Fue nombrado Senador Vitalicio en 1877. Sus posiciones políticas variaron mucho durante la Restauración. Comenzó el período afiliado al Partido Liberal-conservador de Cánovas del Castillo, para unirse posteriormente a los fusionistas encabezados por Sagasta. Entre 1881 presidió el Senado y el Consejo Supremo de Guerra y Marina. Presidió nuevamente el Senado en 1886.

ALEJANDRO MON Y MENÉNDEZ

Nacido en Oviedo, el 26 de febrero de 1801 y fallecido en Oviedo el 1 de noviembre de 1882. Era uno de los tres hijos de Miguel Mon y Miranda y Francisca Menéndez de la Torre. Estaba casado con Rosa Martínez, de quien tuvo a su único hijo Alejandro Mon y Martínez.
Protegido por su pariente, el conde de Toreno, pasó a la política liberal desde comienzos del reinado de Isabel II y se especializó en cuestiones financieras. Fue diputado desde 1837 y ministro de Hacienda en varios gobiernos del partido moderado: con Ofalia en 1837-38, con Narváez en 1844-46, con Istúriz en 1846-47, de nuevo con Narváez en 1848-49 y con Armero en 1857-58.
Por entonces, Mon se alió políticamente con su cuñado, el conservador Pedro José Pidal; juntos formaron el sector del moderantismo que apoyó la redacción de una nueva Constitución en 1845, más conservadora que la de 1837. Como ministro de Hacienda, también se encargó de paralizar la venta de bienes nacionales procedentes de la desamortización eclesiástica iniciada por Mendizábal.
Pero su principal realización fue la reforma tributaria de 1845, que racionalizó la Hacienda Pública refundiendo los múltiples impuestos del Antiguo Régimen en unas cuantas figuras adecuadas a los principios liberales, inspirándose en el modelo francés; aquella reforma definió el sistema tributario español hasta 1978.

En 1864 fue presidente de un gobierno con ministros moderados y unionistas (del grupo centrista de la Unión Liberal), nombrando ministro por primera vez a Cánovas. Tras la Restauración Borbónica que éste propició, Mon fue nombrado senador vitalicio en 1876. También desempeñó otros cargos, como el de presidente del Congreso y embajador de España en París y Roma.

martes, 25 de julio de 2017

LORENZO ARRAZOLA Y GARCÍA

Nacido en la localidad de Checa (Guadalajara) el 10 de Agosto de 1795, y fallecido en Madrid el 23 de febrero de 1873.

Era hijo de Manuel Arrazola, de origen vizcaíno y de María García, perteneciente a una familia rica de la comarca. Llamado por su tío José García Hualde, corregidor de Benavente, comenzó sus estudios en esta ciudad, y los continuó en el Seminario Conciliar de Valderas, bajo la dirección del dominico P. Francisco del Valle. En 1820 fue nombrado Catedrático de Constitución en Valderas. Movilizado en 1823, sirvió en Galicia a las órdenes de Morillo, alcanzando rápidamente el grado de sargento y el nombramiento de oficial. Cuando Morillo pactó con los franceses, Arrazola se retiró a su casa, porque resultaba peligroso haber aparecido como liberal. Después, en 1825, pasó a Valladolid a estudiar Derecho, y ganó a continuación una cátedra de Instituciones Filosóficas, para la que escribió un Prontuario, en latín, que se publicó en Valladolid en 1828.

El 28 de julio de 1828 se doctoró en la Universidad de Valladolid, leyendo un discurso en latín sobre la abolición del tormento como medio de prueba en los juicios, acto al que asistieron SS. MM. Fernando VII y María Amalia. Escribió una oda Al Rey Nuestro Señor (Valladolid, 1828) y se casó en 1829 con Ana Micaela Guerrero, hija de un rico propietario, con la que tuvo trece hijos. Al mismo tiempo, Arrazola publicó en 1829, un Ensayo sobre volcanes y terremotos y la composición poética la Elegía a la muerte de María Josefa Amalia, como abogado se encargó de la defensa del deán de Burgos, Presidente a la vez de la Junta carlista de Castilla. El Claustro le eligió para desempeñar la cátedra de Oratoria, Historia y Literatura, y el gobierno le nombró catedrático de Derecho Internacional y Comparado. Recibió inmediatamente una serie de cargos: Procurador síndico de Valladolid, en 1835, desde donde concibió la futura Ley de Ayuntamientos; miembro de la Junta provincial de Instrucción primaria, de la General de Beneficencia, de la Sociedad Económica de Amigos del País, de la Junta científica y artística de Valladolid, creada a consecuencia de la Desamortización; de la Academia de Nobles Artes de la Purísima Concepción, Decano honorario del Colegio de Abogados, Miembro de la Academia grecolatina, e incluso miembro de la Junta de Armamento y Defensa, capitán de la Milicia Nacional de Caballería, y juez privativo del Canal de Castilla. Fue presidente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de Madrid en varias ocasiones: la primera vez el 27 de noviembre de 1836, y después en 1839, 1844, 1845 y 1847. En 1837 su carrera de "trepador", se acelera: fue elegido diputado por Valladolid y, en el mismo año, fue nombrado vicepresidente del Congreso. Siguió de diputado hasta la revolución de 1840.


El 9 de diciembre de 1838 fue nombrado Ministro de Gracia y Justicia, cargo que conservó hasta el 20 de julio de 1840. Además, fue Ministro de la Gobernación del Reino desde el 10 de mayo de 1839 y desde el 18 de mayo en propiedad, hasta el 16 de noviembre de 1839. Fue de nuevo diputado por Valladolid en 1844, y por Zamora en 1846-47 y 1847-48; y senador el 8 de enero de 1849. De 1844 hasta el 16 de marzo de 1846 ocupó de nuevo la cartera de Gracia y Justicia, que volvió a ocupar desde el 4 de octubre de 1847 hasta el 19 de octubre de 1849, y otra vez, con el intermedio de un día de José Manresa, desde el 20 de octubre de 1849 hasta el 14 de enero de 1851. Presidente del Tribunal Supremo en 1851-1853 y de nuevo en 1856-1864, ascendió a la Presidencia del Consejo de Ministros el 17 de enero de 1864. Sus enemigos comentaron que dejó vacante su puesto en el Tribunal Supremo para no quedarse sin nada si caía el Gobierno. Al mismo tiempo que ocupaba la Presidencia era Ministro de Estado. Dimitió de ambos cargos el 1 de marzo de 1864, pero ya el 16 de Septiembre fue nombrado Ministro de Gracia y Justicia, cargo en el que permaneció hasta el 21 de junio de 1865. Un día, el 16 de Septiembre de 1864, fue ministro interino de Ultramar. Volvió a ocupar el Ministerio de Estado del 19 de abril al 3 de mayo de 1865, y otra vez del 10 de julio de 1866 al 13 del mismo mes y año, y fue otra vez Ministro de Gracia y Justicia del 10 de julio de 1866 al 27 de junio de 1867, y finalmente otra vez de Estado del 27 de Junio de 1867 al 23 de abril de 1868. Todavía fue elegido senador por Burgos el 4 de mayo de 1872.

También había sido uno de los fundadores de la Academia de Ciencias Morales y políticas y su Presidente desde 1866 hasta 1870. Fue igualmente Vicepresidente de la Academia de Arqueología. A pesar de su apariencia o sus orígenes liberales, el pensamiento de Arrazola es netamente reaccionario, esto acaso por influjo de sus maestros del seminario, pero también por agradecimiento: cuando el 6 de febrero de 1836 se suscitó en la Universidad de Valladolid un motín de estudiantes contra los catedráticos desafectos a las instituciones liberales, el gobernador civil, Francisco R. Gamboa, pidió a Arrazola los nombres de esos desafectos. La respuesta de éste, el día 8, le honra en lo personal: "Mas en cuanto a los hombres que hicieron generosamente mi fortuna, otro los delate si por desgracia lo hubieren merecido". Ya en 1828 manifiesta ciertas aprensiones respecto de las novedades, científicas o filosóficas, si no están plenamente demostradas. En el Prontuario de 1828 había dicho que la mejor forma de gobierno era la Monarquía absoluta hereditaria, lo que luego justificó aludiendo a las necesidades de la época.


Hombre de creencias religiosas, lanza al clero, dogma en ristre, a combatir las ideas socialistas desde época muy temprana, consecuencia de la revolución, de las ideas del siglo XVIII, a las que hay que combatir a fin de regenerar la Nación y de moralizar el siglo, demasiado infectado de escepticismo y materialismo. En el célebre debate de las Cortes de 7 de octubre de 1839 manifestó su creencia de que el partido progresista sólo conduce a la anarquía, y por tanto a la nada; el partido moderado podía conducir al despotismo, según decía, pero con los regímenes absolutos han existido las naciones, y son perfectamente compatibles con la prosperidad de los pueblos. No obstante, aunque él era partidario de la Ley de Ayuntamientos, intentó en la crisis de 1840 evitar que se convirtiese en un pulso entre la Corona y la revolución; es decir, sostenía la contrarrevolución, pero no hasta el punto de echarlo a perder todo por una acción precipitada. Fue siempre consecuente con sus principios, aunque en la época en que alcanzó los más altos cargos (1864-1868), su figura realmente parece un comodín en manos de Narváez, O'Donnell y la Reina. 

EL PRENDIMIENTO de Rodrigo de Osona

Óleo sobre tabla, 126 X 84 cm.

La colaboración entre Rodrigo y Francisco Osona tiene en esta y las otras cinco tablas del Museo del Prado (Pilatos lavándose las manos, La Flagelación, La oración del Huerto, La Coronación de espinas y Cristo ante Pilatos) uno de sus mejores ejemplos. Probablemente diseñadas como parte de un retablo, en ellas se aprecia la disposición de las figuras y la fisonomía propios del estilo de esta familia de pintores valencianos. Por la diversidad en el tratamiento de las pinturas se puede adivinar la participación de algún otro miembro de su amplio taller, además de Rodrigo y su hijo Francisco. Estos cambios de estilo son especialmente visibles en la parte baja de la túnica de Jesús en El Prendimiento, de factura más simplista y apresurada ejecución.


La intensidad expresiva de los personajes es característica de la producción de los Osona, quienes dotaban a sus escenas de un fuerte dramatismo. A ello contribuyen enormemente las arquitecturas que sirven de escenario, grandes edificios de porte renacentista que anuncian la modernidad de sus pinturas. En la serie se adivinan además algunas de las fuentes nórdicas utilizadas por los pintores valencianos, en concreto estampas alemanas realizadas por Schongauer, una de cuyas composiciones es seguida casi literalmente en el Cristo ante Pilatos.

MARINA DE GUERRA DE LOS SIGLOS XVIII Y XIX: Comparativo

Para poder hacer una comparación, entre las marinas de guerra de las tres naciones, teniendo en cuenta que a caballo de los siglos XVIII y XIX, estos tres países estuvieron en continuas confrontaciones, para conseguir la supremacía y el control de las riquezas procedentes de América, deberemos reconocer una cierta superioridad, en cuanto a barcos se refiere, por parte de la Royal Navy, la Marina Real Inglesa, con respecto a la Armada Francesa y a la Armada Española. Veamos los barcos que tenían cada una de las tres Armadas, en esos años.

Cifras de la Royal Navy
Año  Navíos Fragatas     
1685    108        19     
1702    130        45
1739    124        51
1753    132        78
1777    142      102
1783    197      175
1805    199      222     

Como podemos ver, partiendo de finales del siglo XVII, la evolución fue en aumento continuo, tanto en Navíos como en Fragatas.                                             
         Cifras Armada Francesa
Año  Navíos Fragatas     
1689    112        33     
1700    114        26
1720      27        10
1750      50        26
1780      78        67
1786      67        77
1814      50        36     

En este caso, la evolución es a menos, la Armada Francesa vio como, con el paso de los años, el potencial en barcos iba siendo cada vez más pequeño.
         Cifras Armada Española
Año  Navíos Fragatas     
1700        7        14     
1730      26        18
1739      29        17
1762      53        20
1770      58        26
1789      76        51
1805      49        25

            Como hemos podido comprobar, en lo que respecta a los barcos, la superioridad británica era considerable con respecto a españoles y franceses. Veamos ahora como estaban en cuanto a hombres.

            En lo que respecta a la OFICIALIDAD, en la Royal Navy eran necesarios seis años embarcados y al menos dos como guardiamarina o Primer Oficial. Mientras que los españoles o franceses, menos rigurosos, tenían un mayor bagaje cultural náutico y en otros aspectos, pero los británicos eran verdaderos "lobos de mar". Tendremos aquí en cuenta, como veremos más adelante, que los barcos británicos estaban continuamente en movimiento, cosa que no ocurría con los barcos españoles y franceses.

Aunque en la Armada Española, personas de humilde condición, como Antonio Barceló o Mourelle de la Rúa, llegaron a los más altos cargos, tanto en esta como en la Francesa se exigió a los aspirantes pruebas de nobleza, cosa que no pasaba en la Royal Navy.

Veamos y analicemos estos aspectos en un marino británico de la talla de Horacio Nelson:
                        - Obtuvo ascenso gracias a su tío materno Maurice Suckling, un capitán de navío muy bien relacionado
                        - Le asignaron el primer mando con 20 años, en la corbeta Hinchibrook.
                        - En la operación anfibia en Las Honduras Españolas, cayó enfermo y fue repatriado.
                        - Razones por las que no participó en los combates de la Independencia de E.E.U.U.
                        - En la Guerra contra los  revolucionarios franceses, fue nombrado Capitán de Navío comandante del Agamenón, en 1793.
                        - En la Batalla del Cabo San Vicente, Jervis le concede mando de destacamentos, pasando por encima de oficiales de mayor antigüedad.
                        - Fracasó en el intento de desembarco en Tenerife.
                        - Adquirió gran parte de su fama en Abukir.

            Hay que tener en cuenta que, en la Royal Navy se castigaban las malas conductas y los errores, mientras que, en la Armada Francesa y en la Española, no. Separaban del mando a los dos capitanes que menos hubieran hecho en el combate, aunque acabara en victoria; el almirante Byng fue fusilado por perder un combate, haciendo caso omiso a los principios tácticos imperantes en el momento; o  Mathews que,  incapaz de vencer a una fuerza mucho menor en Sicie, fue separado del mando.    

Los auténticos titulados en la Armada Española eran más o menos un 4% de la oficialidad, muchos oficiales y aspirantes no habían sido guardiamarinas, y con frecuencia pasaban del ejército a la Armada, donde estaban mejor considerados.

            Los británicos, podríamos decir que estaban más entrenados, puesto que navegaban mas debido a su superioridad, obligando a sus enemigos a permanecer en puerto, bloqueados.   

En cuanto a LA MARINERÍA, en la Royal Navy, se basaban en el voluntariado, estimulado con una prima en metálico o redención de pena, en su caso. Desde 1796 el "Quota Act" obligaba a todos los condados del Reino Unido a proporcionar un número determinado de reclutas en función a su población. Si no se conseguía número suficiente, se recurría a la leva, muchas veces violenta tanto en puertos como en alta mar, deteniéndose mercantes propios y estadounidenses (una de las principales causas de la guerra de 1812). En 1805 el 10% de la dotación del Victory de Nelson, no eran británicos. Entre 1810 y 1813 murieron 2.000 hombres en combate y 85.000 por enfermedades, accidentes o naufragios, por 145.000 enrolados. Tuvieron una larga cadena de motines, desde la Bounty a la Fragata Hermione. Estos, sin embargo, no se dieron ni en la Armada Española ni en la Francesa.

            El reclutamiento en la Armada Española y en la Armada Francesa, se basaba en la "Matrícula de Mar", por la que estaban obligados al servicio todos los hombres que trabajasen en el mar y todos los residentes en poblaciones costeras. Cuando éste no era suficiente se empleaban voluntarios atraídos por prima de enganche, La Leva. La mayor carencia fue, siempre, de suboficiales y clases veteranas.

            Los buques de la Armada Francesa y la Armada Española, llevaban más hombres embarcados que en la Royal Navy, de su mismo porte; pretendían que cada buque llevara las dotaciones completas de las piezas de cada banda, mientras que los de la Royal Navy, no. Esta mayor cantidad de hombres embarcados, tendrá como consecuencia que en combate tuvieran más bajas.

            Carlos III mantenía en 1762 211.200 soldados, si hubiese mantenido 20.000 marineros profesionales hubiese podido dotar a 40 navíos con 400 marineros y otras tantas fragatas con 100.

La Infantería de Marina: Los soldados más los mandos componían la guarnición del buque, los marineros la tripulación, la suma de ambos era la dotación. Para la Royal Navy la Infantería de Marina era una fuente de problemas en tiempos de Drake, mientras que en el siglo XVIII eran imprescindibles. A finales de este siglo estaban embarcados diecinueve regimientos del ejército británico, los Royal York Rangers y los Royal Newfounland Fencibles, más dos regimientos de caballería, el 12 y el 17 de Dragones Ligeros.

            La superioridad en combate de los británicos se pone en tela de juicio, pues abundan sus derrotas en el siglo XVIII: Almansa y Brihuega, Cartagena de Indias y Florida, Tenerife, Puerto Rico y los dos ataques a Buenos Aires en 1806 y 1807, en que un numeroso ejército de invasión fue completamente vencido por tropas de milicias reforzadas por algunas regulares y de marinería.

ESTRATEGIA Y TÁCTICA: Era enorme la superioridad en buques, y en buques de tres puentes de los británicos sobre los aliados franco-españoles, los cuales solo podían reunir, en torno a unos 80 navíos, frente a unos 130 de los británicos. Ante el balance de fuerzas, era suicida una confrontación directa. Dada la correlación de fuerzas, cualquier victoria franco-española, era pírrica, ya que los británicos podrían reunir otra escuadra, mientras que los aliados, difícilmente podrían recuperarse de las pérdidas. Debido a esto, los franco-españoles procuraban evitar cualquier enfrentamiento directo, o afrontarlo en línea de combate a sotavento.

Ambos bandos practicaban la táctica acuñada por Paul Hoste, S.J., que no era marino, sino el limosnero del almirante francés Touville, recogida en su Tratado de las evoluciones navales, de 1696. La idea básica es que todo dependía de formar una línea de combate y de la solidez y continuidad de ésta. Cada escuadra debía dividirse en tres agrupaciones: vanguardia, centro (cuerpo de batalla) y retaguardia, cada una regida por un almirante que llevaría su insignia en el buque más poderoso. El mando de la agrupación correspondía al almirante que mandaba el centro. La fragatas una vez descubierto el enemigo, se situarían a sotafuego, con la misión de repetir las señales de banderas. Con el espeso humo producido por la pólvora y combatiendo en una larga línea, era obvio que muchos buques tuvieran dificultades para ver las señales.

Todo dependía de las órdenes del buque insignia, ningún buque o agrupación, podía actuar por su cuenta. Abandonar la línea, se consideraba un gravísimo delito. Se prefería estar a barlovento del enemigo, lo que permitía iniciar o rehuir el combate. El combate se prefería a unos 100 metros, y si es posible a 500 o más, ya que a menos distancia se corría el peligro de romper la línea. Claro que combatir a grandes distancia, traía el problema de que la artillería de la época, a grandes distancias era poco resolutiva, pues carecían de la potencia necesaria. Los españoles llamaban a los combates a distancia “guerra galana”, prefiriendo combatir a corta distancia, barrer las cubiertas enemigas con su fuego y pasar al abordaje.

Sin necesidad de romper la línea, un almirante podía intentar envolver la línea contraria, cosa que se consideraba muy peligroso, por lo que cada maniobra en ese sentido, era anulada por contramaniobras del enemigo, con lo que se restablecía el combate en líneas paralelas. Un aspecto curioso, es que se daba la batalla por ganada o por perdida, cuando uno de los dos bandos, se veía en inferioridad, retirándose en el mayor orden posible, mientras que el vencedor no le acosaba ni remataba la victoria, se limitaba a permanecer en aguas del combate.

El esquema clásico de combate, con españoles y franceses combatiendo a la defensiva a sotavento y los ingleses a la ofensiva a barlovento, explica el que los primeros disparaban preferentemente alto y a las arboladuras, mientras que los ingleses lo hacían a los cascos enemigos. En realidad todo barco que disparara desde barlovento lo hacía inclinado hacia la banda que daba al enemigo, por lo que los cañones de esa banda tendían a disparar bajo, dentro de un ángulo de vaivén por el balanceo, mientras que los situados a sotavento sucedía justamente lo contrario.

Parece que esta situación beneficiaba a los británicos, aunque para dañar el casco de un navío del siglo XVIII, era preciso hacer descargas de gran calibre a corta distancia, mientras que un proyectil disparado a corta o a la larga distancia, era capaz de hacer graves daños en la arboladura y jarcia, vitales ambas para un buque de vela. Durante este periodo, fueron muy escasos y podríamos decir que anecdóticos los casos en que un navío se hundió por cañonazos del enemigo. En realidad todos hacían lo mismo: disparar con sus baterías bajas y de más calibre al casco del contrario y con las altas, de menor calibre, a las arboladuras. Al estar situadas las piezas de mayor calibre en las baterías bajas, atacando desde barlovento, a veces era imposible el tiro por estar muy cerca del agua, sobre todo con mala mar, siendo el caso contrario a los buques situados a sotavento.

Cuestión diferente y a tener en cuenta es la velocidad y precisión del tiro. Se insiste que los artilleros ingleses eran capaces de hacer tres disparos en dos minutos, mientras que los españoles solo hacían uno en el mismo tiempo. Pero en el siglo XVIII, los buques no llevaban más que unas sesenta balas por pieza, hasta noventa si contamos palanquetas y sacos de metralla, con lo que a la velocidad mencionada, los buques ingleses consumirían su munición en unos sesenta minutos. Pero las batallas duraban largas horas, lo que arroja una seria duda sobre tal afirmación. Además hay que tener en cuenta que era muy difícil mantener ese ritmo, debido al lógico cansancio, que suponía manejar piezas de entre una y tres toneladas de peso, enteramente a mano. En tercer lugar, es difícil entender cómo se dieron tal cantidad de combates equilibrados, e incluso favorables a los hispano-franceses, si había tal ventaja a favor de los británicos. Con tal ritmo de fuego, una fragata de 40 cañones se impondría a un navío de dos puentes, en caso de un combate en paralelo, cosa que nunca se dio en este periodo. En cuarto lugar, hay que tener en cuenta el calentamiento de los cañones. Tras cada disparo no solo había que escobillar y limpiar los cañones, luego volverlos a cargar y situarlos en batería, sino que había que refrigerarlos, de no hacerlo, el ánima del cañón se ponía al rojo, se deformaba y podía reventar, además la pólvora entraba en ignición nada mas introducirla por la boca, con graves quemaduras y lesiones para el cargador y para el resto de la dotación de la pieza. Por lo que el ritmo de disparo no podía variar mucho de lo que imponía la técnica.

En cuanto a la puntería, debemos considerar que, disparando las piezas con una mecha encendida o botafuego, con cañones de ánima lisa y gran huelgo entre la bala y el calibre, y sin alzas, debemos concluir que era problemático hacer puntería, consiguiéndolo las mas de las veces por tanteo o verdadera fortuna.


Por lo tanto la superioridad táctica inglesa, es más que discutible, al menos hasta que en el combate de Los Santos en 1782, se implantó la idea de atravesar y envolver la línea enemiga, sus éxitos hasta entonces se debieron a actuar por sorpresa, incluso sin mediar declaración de guerra, como en Passaro en 1718, o con gran superioridad, aunque incluso así sufrieron el revés de Sicié en 1744.

FRANCISCO ARMERO Y FERNÁNDEZ DE PEÑARANDA

Nació en Fuentes de Andalucía (Sevilla), el 3 de mayo de 1804. Con 16 años ingresa en la Armada, participando, desde muy joven, en varias batallas navales de la España convulsa de ultramar del siglo XIX, destacando siempre por su valentía y capacidad de resolución .

En 1834 estalla la Primera Guerra Carlista., donde tuvo una destacada intervención, viéndose sus éxitos recompensados, como ocurrió el  19 de noviembre de 1836 donde  Armero recibe la orden de remontar el río Nervión hasta Portugalete y de ahí seguir hasta Bilbao. Sin embargo la rivera estaba controlada por el enemigo, produciéndose una gran  batalla.  En diciembre participaría en una nueva incursión contra el sitio. En este caso, no se limitó a participar en la batalla naval, ya que llegó a tomar una batería enemiga a punta de bayoneta. El 24 de diciembre se logró levantar el cerco. Por el éxito del desembarco el general Espartero le concede a Armero la gracia de Coronel del Ejército de Tierra.

En agosto de 1838 fue elegido diputado a Cortes por Sevilla,  trasladándose a Madrid. El 26 de junio de 1839 es nombrado Comandante de las Fuerzas Navales del Cantábrico. En enero 1840 la Reina le concede el cargo de Brigadier de la Armada Nacional y es nombrado también comandante general de las fuerzas de Cataluña y Valencia, donde destacó en la lucha contra los últimos focos carlistas que  desaparecen, terminando así la primera guerra carlista.

En mayo de 1843 se producen levantamientos en toda la península contra Espartero, Armero sale para Sevilla a detener el levantamiento.  Se constituye una Junta de Defensa, cuya primera misión fue organizar la defensa de Sevilla contra el ejército partidario de Espartero que se dirigía a la ciudad, al mando del general Van-Halen. A su llegada a la urbe en julio comienzan a bombardear la ciudad, produciéndose importantes bombardeos por el barrio de la Calzada, cerca de la Puerta de Carmona.

En este contexto Armero, que se encontraba en Fuentes, se presenta voluntariamente en Sevilla. Rápidamente se le nombra Jefe del Primer Distrito, que era el que abarcaba el Puerto, para evitar cualquier posible ataque marítimo a la ciudad, consiguiendo que el enemigo no pudiera aislar la plaza del río, haciéndose posible la comunicación fluvial con la Junta de Cádiz. Finalmente los sitiadores deciden abandonar el cerco y tanto Espartero, como  Van Halen, van al Puerto de Santa María, donde embarcan en un buque inglés, exiliándose. Sin embargo, en Sevilla continuaron las  revueltas populares, renunciando el  alcalde y los regidores. Ante esta rebelión abierta Armero proclamó el Estado de Sitio en la ciudad el 4 de febrero de 1844.

El 3 de mayo de 1844 la Reina le nombra Ministro de Marina, Comercio y Gobernación de Ultramar, cargo que ocupó hasta el 28 de enero de 1847, al mismo tiempo que el de Capitán General de Madrid. Formando parte de la comisión que redactó la nueva constitución, proclamada el 23 de mayo de 1845.

Llegó a ser Presidente del Consejo de Ministros (1857-1858) y en febrero de 1864 le fue concedido el título de Marqués del Nervión, como homenaje a su labor en los sitios de Bilbao. Fallecio el 1 de Julio de 1866 en Sevilla.


Su hijo Francisco Armero y Díaz II Marqués de Nervión, era el propietario de los terrenos del Cortijo Maestro Escuela sobre cuyos terrenos  se comenzó a levantar el barrio de Nervión, zona que ya en 1900 habia sido elegida por D. Luis Lerdo de Tejada  para hacer una ciudad jardín  al estilo de las que por aquel entonces se construían en Inglaterra. En 1911, el marquesado  de Nervión donó los solares para la construcción del  Matadero y el por entonces Centro Penitenciario Provincial Sevilla I. 

lunes, 24 de julio de 2017

LEOPOLDO O'DONELL Y JORIS

Nació en Santa Cruz de Tenerife, el 12 de enero de 1809. De una familia de militares de origen irlandés al servicio de la monarquía española desde el siglo XVIII, hizo sus primeras armas en defensa de la causa constitucional durante la Primera Guerra Carlista, dándose la circunstancia de que sus hermanos combatían en el bando contrario. Fue ascendiendo por méritos de campaña, primero en el frente del Norte, donde llegó hasta mariscal de campo, y desde 1839 en el Maestrazgo, ya como jefe del Ejército del Centro y capitán general de Aragón, Valencia y Murcia, donde llegó a ser nombrado teniente general y le proporcionó su primer título de nobleza, el de conde de Lucena.
Políticamente se encuadró junto a Narváez entre los moderados, contrarios a Espartero; el triunfo de éste le hizo exiliarse en 1840, participar en la fallida sublevación de Diego de León de 1841 y en la conspiración que acabó con la Regencia de Espartero en 1843. Narváez le nombró capitán general de Cuba (1844-48), senador vitalicio (1845) y director general de Infantería (1848).
En 1854, al degenerar el gobierno moderado del conde de San Luis hacia posiciones autocráticas y ultraconservadoras, O'Donnell encabezó un golpe de Estado que, secundado por los progresistas, dio paso a un bienio de éstos. O'Donnell se integró como ministro de la Guerra en un gobierno presidido por Espartero, mientras fundaba su partido propio de vocación centrista, la Unión Liberal, que se situaba entre progresistas y moderados. En 1856 provocó la caída de Espartero y le sustituyó como jefe de gobierno, poniendo fin al proceso constituyente abierto por los progresistas, para regresar a la Constitución moderada de 1845, si bien enmendada con un Acta Adicional que reflejaba la voluntad unionista de conservar algunas conquistas del liberalismo avanzado. Se abrió entonces un periodo de alternancia política entre los unionistas de O'Donnell y los moderados históricos de Narváez, que se turnaron excluyendo del poder a los progresistas. O'Donnell presidió el gabinete en tres ocasiones, en 1856, 1858-63 (el «Gobierno Largo») y 1865-66. Su gobierno se caracterizó por una cierta apertura política y un gran auge económico, con expansión de los ferrocarriles, construcción de obras públicas y mejora del aparato administrativo y estadístico del Estado.


La bonanza económica le permitió lanzarse a una política exterior más activa, estrechamente ligada a la Francia de Napoleón III: tropas españolas acompañaron a las francesas en las campañas de Indochina (1858-62) y México (1861); esta última acción, unida a la reincorporación temporal de Santo Domingo (1861-65) y a la Guerra del Pacífico contra Perú y Chile (1865-68), pueden interpretarse como una tentativa de recuperar la influencia española sobre las antiguas colonias americanas. En esa misma línea de expansión colonial, O'Donnell lanzó la Guerra de África (1859-60), que dirigió personalmente hasta la ocupación de Tetuán; la campaña le valió el título de duque, reconociendo Marruecos las posesiones españolas de Ceuta y Melilla, además de adquirir el enclave de Ifni.


O'Donnell se esforzó por apuntalar el Trono de Isabel II, rechazando el desembarco carlista en San Carlos de la Rápita, tratando de reincorporar a los progresistas al sistema político y reprimiendo los conatos revolucionarios de 1866 (insurrecciones de Prim y del Cuartel de San Gil); su muerte en Biarritz el 5 de noviembre de 1867, dejó a los moderados como únicos valedores de la reina, pues los unionistas optaron por aliarse con progresistas y demócratas para preparar la Revolución que finalmente la destronaría en 1868.

LA CORONACIÓN DE ESPINAS de Rodrigo de Osona

Óleo sobre tabla, 126 X 84 cm.

La colaboración entre Rodrigo y Francisco Osona tiene en esta y las otras cinco tablas del Museo del Prado (Pilatos lavándose las manos, La Flagelación, La oración del Huerto, Cristo ante Pilatos y El Prendimiento) uno de sus mejores ejemplos. Probablemente diseñadas como parte de un retablo, en ellas se aprecia la disposición de las figuras y la fisonomía propios del estilo de esta familia de pintores valencianos. Por la diversidad en el tratamiento de las pinturas se puede adivinar la participación de algún otro miembro de su amplio taller, además de Rodrigo y su hijo Francisco. Estos cambios de estilo son especialmente visibles en la parte baja de la túnica de Jesús en El Prendimiento, de factura más simplista y apresurada ejecución.


La intensidad expresiva de los personajes es característica de la producción de los Osona, quienes dotaban a sus escenas de un fuerte dramatismo. A ello contribuyen enormemente las arquitecturas que sirven de escenario, grandes edificios de porte renacentista que anuncian la modernidad de sus pinturas. En la serie se adivinan además algunas de las fuentes nórdicas utilizadas por los pintores valencianos, en concreto estampas alemanas realizadas por Schongauer, una de cuyas composiciones es seguida casi literalmente en el Cristo ante Pilatos.

ALFONSO XIII de Manuel Benedito Vives

Óleo sobre lienzo, de 74 x 60,5 cm. Fundación Manuel Benedicto. MANUEL BENEDITO VIVES Nacido en la calle Corretgeria, 24 de Va...