miércoles, 22 de noviembre de 2017

CORRAL de Mariano Fortuny

Óleo sobre lienzo, 38 x 46 cm.

Pintada en 1869. Fortuny tomó diversos apuntes de gallinas y las incluyó también en alguno de sus cuadros. En este estudio, pintado posiblemente en Roma, logra captar el movimiento de las aves, cuyas crestas rojas y plumaje blanco resaltan sobre las tonalidades ocres y las ligeras pinceladas en amarillo que sugieren la paja del suelo.

JAIME I el Conquistador

Jaime fue engendrado cuando se cumplían dos años de que su padre, Pedro II el Católico de Aragón, hubiese repudiado a su madre, María de Montpellier, y solicitado la nulidad del matrimonio al papa Inocencio III, el cual siempre se negó a concedérsela. Al parecer, la reina urdió una estratagema mediante la cual sustituyó en el lecho a una amante del rey Pedro y consiguió quedar embarazada. El niño nació el 2 de febrero de 1208 y, aún en su cuna, fue objeto de un atentado, en 1211 fue entregado por su padre Pedro II, como rehén a Simón de Montfort, ya que en aquel momento se encontraba en una grave situación política y militar ante los avances de la cruzada contra los albigenses en el sur de Francia.

El gran interés de Pedro II por el sur de Francia se veía acrecentado, por las alianzas que se derivaban de su matrimonio con María, quien en 1203, a la muerte de su padre, había heredado Montpellier. La doctrina de los albigenses, basada en un sistema de tipo maniqueo; rechazaba la jerarquía eclesiástica, la riqueza y el derecho de propiedad, lo que permitió entre sus adeptos encontronazos entre la burguesía y las clases populares de Languedoc y Occitania, regiones en las que la secta tuvo mayor arraigo, así como con los señores feudales de la región, deseosos de apropiarse de las tierras eclesiásticas. En 1208 Inocencio III hizo predicar una cruzada contra los albigenses, que quedó al mando de Simón de Montfort, el cual, al frente de un ejército de caballeros del norte de Francia, asoló Languedoc; la cruzada se convirtió así en una lucha entre la nobleza languedociana y el poder real de los Capeto del norte de Francia.

En 1213, Pedro II recibió una petición de ayuda de su vasallo, el excomulgado conde de Tolosa, viéndose obligado a intervenir y, con la aureola conseguida en la batalla de las Navas de Tolosa, se lanzó al frente de sus tropas contra el enemigo. El choque tuvo lugar en Muret, donde fue derrotado y muerto por Simón de Montfort. De esta manera, a los cinco años de edad, Jaime heredaba los dominios de sus padres y se convertía en un rey rehén. La nobleza aragonesa envió una embajada al papa para pedirle la liberación del niño. Una bula de Inocencio III hizo que Simón de Montfort le liberara en 1214, tras lo cual fue reconocido como rey de Aragón y conde de Cataluña y, como determinaba el testamento de María de Montpellier, muerta el año anterior, fue entregado a la custodia de los templarios. En Monzón, una de las plazas fuertes de la orden, Jaime I fue educado por el gran maestre del Temple mientras ejercía la regencia su tío Sancho, conde del Rosellón.


Sancho quiso continuar la intervención en el sur de Francia que había caracterizado a la Corona de Aragón y, pese a la oposición del papa, continuó la lucha contra Simón de Montfort. Mientras, en Aragón las luchas entre los barones feudales se hacían endémicas y Sancho se vio obligado a renunciar a parte de sus poderes. En 1217 el rey fue llevado a Zaragoza, donde fue prisionero de la nobleza. En 1220, a los trece años de edad, le casaron con la infanta Leonor, hija de Alfonso VIII de Castilla, de la que nueve años más tarde tuvo un hijo, Alfonso; este matrimonio fue declarado disuelto en 1229 por el Concilio de Lérida, a instancias del rey, debido al grado demasiado próximo de parentesco entre la pareja, aunque el mismo concilio reconoció la legitimidad de Alfonso.

Entre 1222 y 1226 Jaime I tomó parte en varias acciones bélicas, como el sitio de Castejón o la fracasada campaña contra Peñiscola, en las que adquirió experiencia guerrera. En 1226 se preparó una expedición contra Teruel que finalmente no se llevó a cabo debido a la alianza entre esta ciudad y el rey musulmán de Valencia, con quien se había concertado una tregua. A raíz de una discusión sobre la conveniencia de respetar la tregua, Jaime I, partidario de ella, se enzarzó en una pelea cuerpo a cuerpo con uno de sus nobles, el cual resultó muerto por un partidario del rey. Esta muerte provocó un duro alzamiento contra Jaime I, en el que intervino gran parte de la nobleza. El rey logró dominar la situación y en 1227, a los diecinueve años de edad, inició su gobierno personal tras alcanzar la paz de Alcalá, un acuerdo por el que eran nombrados como árbitros de los posibles conflictos el obispo de Lérida, el arzobispo de Zaragoza y el maestre del Temple. Uno de los frutos de este acuerdo consistió en la restitución del condado de Urgel a la condesa Aurembiaix, que se declaró feudataria de la corona y se convirtió en amante del rey.

En 1228, las cortes de Barcelona aprobaron una expedición de conquista de las Baleares. La armada del rey Jaime I partió de los puertos de Tarragona, Salou y Cambrils en septiembre de 1229 y el desembarco se produjo en Santa Ponsa. La dura batalla de Porto Pi llevó a los expedicionarios hasta la capital, que estuvo sometida a asedio durante tres meses y fue tomada por asalto el 31 de diciembre de 1229, con intervención directa del rey. La campaña duró hasta 1232 y fue completada en 1235 con la conquista de Ibiza.


Entretanto, el anciano rey Sancho VII el Fuerte de Navarra, que había mantenido excelentes relaciones con la Corona de Aragón y recelaba de las intenciones castellanas, impulsó un tratado con Jaime I por el que se prohijaban ambos monarcas. Este tratado, firmado en Tudela en 1231, favorecía a Jaime I en cuanto que era bastante más joven que su padre adoptivo y, previsiblemente, heredaría la corona de Navarra. Pese a que Sancho VII murió tres años después, el pacto no se cumplió, entre otras razones por el temor del resto de los monarcas de la cristiandad, incluido el papa, al poderío resultante de un reino que surgiera de la unión entre los de Navarra y Aragón.

En 1232 las cortes de Monzón decidieron la conquista de Valencia, que había empezado con la toma de Morelia y que fue continuada, mediante la conquista de Burriana en 1233 y un lento avance hacia la capital. En 1235 Jaime I contrajo matrimonio con la princesa Violante de Hungría, que aportó como dote una importante cantidad monetaria y unos territorios que nunca fueron gobernados por Jaime I o sus sucesores; en cambio, el rey se comprometía a dar las Baleares y lo que conquistara en Valencia a los hijos que tuviera con Violante. La reina Violante impulsará la conquista de Valencia y acentuará las diferencias entre el rey y su primogénito Alfonso.

En 1237, ya en tierras valencianas, Jaime I juró que no volvería a cruzar el Ebro hasta que hubiera conquistado la ciudad de Valencia, que se rindió en septiembre de 1238. Una campaña posterior, destinada a conquistar Játiva, Alcira y Biar, dio origen a un serio conflicto entre Jaime I y el infante Alfonso, heredero de la corona castellana que se convertiría en Alfonso X el Sabio. Tras una difícil negociación en la que destacó la energía de Jaime I y la intervención de la reina Violante, se firmó en 1244 el Tratado de Almizra, que fijaba definitivamente los límites de las conquistas castellanas y catalanoaragonesas en una línea que pasaba por Biar y la sierra de Villena. A pesar de este tratado y de los lazos de parentesco entre las familias reales de Castilla y Aragón por el matrimonio entre Alfonso X y Violante de Aragón, hija del rey Jaime I, las relaciones entre los dos grandes reinos peninsulares alcanzaron momentos de tensión, principalmente con ocasión del levantamiento de los musulmanes de Valencia en 1254, a los que de forma encubierta prestaba apoyo el ya rey Alfonso X de Castilla. Dos años más tarde, en una entrevista celebrada en Soria, Jaime I y su yerno Alfonso X lograron establecer un clima de cooperación que alcanzaría su resultado más tangible en 1265 cuando el Conquistador, contra la opinión de su nobleza, en especial de los barones aragoneses, se lanzó a la conquista del reino de Murcia, que era desde hacía veinte años un protectorado castellano, y después de una rápida campaña lo entregó en 1266 a Castilla.
Entrada de Jaime I en Valencia

Jaime I fue un gran jefe militar y dio muestras de extraordinario valor personal; sin embargo, cometió con frecuencia errores políticos de envergadura, entre los que destaca la partición de sus reinos entre sus herederos. En 1248 fue conocida la disposición testamentaria del rey, según la cual Alfonso, su primogénito, hijo de Leonor de Castilla, recibiría el reino de Aragón; Pedro, futuro Pedro III el Grande, primero de los hijos habidos con Violante de Hungría, reinaría sobre Cataluña, Baleares y el condado de Ribagorza; a Jaime, futuro Jaime II de Mallorca, hijo también de Violante, le destinaba Valencia; finalmente, Fernando heredaría el Rosellón.

El infante Alfonso se mostró disconforme con este reparto, y sus diferencias con el rey llegaron a un punto tal que en 1250 las cortes de Alcañiz nombraron un jurado con la misión de resolver el conflicto. Las muertes de Alfonso, Fernando y Violante de Hungría obligaron a modificar los acuerdos alcanzados hasta entonces, sin por ello abandonar la idea de división de los territorios gobernados por el Conquistador. Las desavenencias entre los infantes Pedro y Jaime fueron un factor añadido al nuevo reparto, que quedó definitivamente establecido en 1262: Pedro, que en secreto impugnó el nuevo testamento de su padre, recibiría los reinos de Aragón y Valencia y el condado de Barcelona; Jaime, el reino de Mallorca, los condados de Rosellón, Colliure, Conflent y Vallespir y el señorío de Montpellier. Esta secesión de los dominios catalanoaragoneses se produjo efectivamente a la muerte del rey y se mantuvo durante tres cuartos de siglo.

En 1258, poco antes de que quedara establecida la partición definitiva, Jaime I firmó con el rey Luis IX de Francia el Tratado de Corbeil, según el cual renunciaba a cualquier reivindicación sobre los territorios del sur de Francia, con excepción del señorío de Montpellier, a cambio de la renuncia de los soberanos franceses a los derechos feudales que podrían reclamar en su condición de descendientes de Carlomagno. Este tratado y la renuncia de sus derechos sobre Provenza, efectuada ese mismo año, señalan un cambio de orientación en la política exterior, que detuvo su expansión ultrapirenaica para iniciar una política de mayor apertura hacia el Mediterráneo. En este sentido debe interpretarse el matrimonio celebrado en 1262 entre su hijo Pedro, que se había convertido en primogénito a la muerte del infante Alfonso, y Constanza de Sicilia. Otra muestra de esa política fue la organización de una cruzada a Tierra Santa. En 1269 zarpó la escuadra real del puerto de Barcelona, pero fue dispersada por un temporal a los pocos días. El barco del rey regresó a Barcelona, mientras que varias de sus naves llegaron hasta San Juan de Acre, donde sus tripulantes, faltos de un mando indiscutido, renunciaron a la empresa, una empresa que ha sido considerada como precursora de la expedición de los almogávares a Oriente.

Los últimos años del reinado de Jaime I fueron casi tan agitados como los de su minoría de edad. Las discrepancias del rey con su hijo Pedro, que demostraba ser un hombre de gran energía, y las de éste con Fernando Sánchez de Castro, bastardo de Jaime I y predilecto de éste, se añadieron a revueltas nobiliarias y a un grave levantamiento musulmán en el sur de Valencia. Pedro exoneró a su padre de la procuraduría general de la corona, puso sitio a su hermanastro Fernando en el castillo de Pomar y le hizo arrojar al Cinca. En cuanto al alzamiento musulmán, el propio rey acudió a sofocar la rebelión, pero fue vencido en Luxent y se vio obligado a retirarse a Valencia mientras su hijo Pedro tomaba el mando de las tropas. Jaime I murió en Valencia el 26 de julio de 1276, cinco días después de haber abdicado en favor de los infantes Pedro y Jaime.


Las crónicas de su tiempo le presentan como un hombre hermoso, alto, sensible, profundamente religioso, pese a haber sido excomulgado en 1237 por injurias al arzobispo de Zaragoza y por haber hecho cortar la lengua al obispo de Gerona, y sobre todo como un home de fembres, como prueban sus numerosas amantes y ramas ilegítimas. Entre las muchas realizaciones de su reinado destacan la redacción del Llibre del Consolat del Mar, primer código de costumbres marítimas; los grandes progresos institucionales con la introducción del derecho romano, la aparición de compilaciones locales como los furs de Valencia, la estructuración de instituciones como las Cortes o la organización municipal; la consagración literaria del catalán como lengua con el Libre dels feyts, crónica del reinado de Jaime I escrita en primera persona, y con las primeras obras de Ramón Llull; el triunfo del gótico en la arquitectura y el desarrollo económico y demográfico de sus reinos.


LOS REINOS DE TAIFAS-3

Sugerencia de un plan para escribir la historia de esta época:

El período de los Taifas fue una larga etapa que duró, más o menos, desde 1009 a 1090, es decir, casi todo el siglo XI. Representa una época tumultuosa y trágica, durante la cual se decidió virtualmente la muerte de un al-Andalus y el nacimiento de otro. Doble acontecimiento de gran alcance y transcendencia, tanto para el mundo musulmán como para el cristiano, pero que no ocurrió repentinamente, sino que siguió un proceso -a veces lento- de transición, pasando, siempre en línea recta, de una fase a otra sin bruscos contrastes. Es cierto que la intervención de los Almorávides y su victoria en Sagrajas (23 de octubre de 1086) detuvo la marcha del proceso momentáneamente, pero este acontecimiento tuvo lugar casi a finales de la época de los Taifas y fue el preludio de su fin.

Durante esta época vemos a distintas al-Andalus caminar hacia su trágico fin con diferente ritmo. En algunas de ellas, como Sevilla, Toledo y Valencia, la marcha de los acontecimientos fue acelerada y tormentosa. En otras, apenas cambió la situación: en Almería, el reinado de Muhammad ibn Ma'n ibn Sumadih, duró cuarenta años sin interrupción, desde 1041 a 1091, como si Almería no formase parte de la al-Andalus de entonces. Igual ocurrió en Santa María de Albarracín, en donde Hudayl ibn Jalaf ibn Razîn y su hijo `Abd al-Malik, reinaron casi cuarenta años cada uno (de 1010 a 1058 y de 1058 a 1102 respectivamente).
Este desigual desarrollo histórico de los principados, representa la más ardua dificultad con que tropieza el historiador que se proponga ocuparse de la época de los Reyes de Taifas.
El propósito se hace más espinoso aún al adentrarse en la complicadísima red de relaciones -tanto de guerra corno de paz- que los reyezuelos mantuvieron entre sí, por un lado, y con los reyes cristianos por otro. ¿Cómo se puede escribir esta historia, narrar los acontecimientos principales de cada principado y dividir el período en épocas? ¿Se pueden clasificar los reyezuelos según su filiación étnica: Taifas árabes, Taifas beréberes y Taifas eslavas?
Ninguno de los métodos seguidos hasta ahora es aceptable ni resulta adecuado. Menéndez Pidal optó por escribir la historia de esta época en torno a la figura del Cid, e incluso incluye todo el siglo XI bajo el nombre de «La España del Cid», lo que representa un método más sentimental que histórico, al poner como eje de todos los acontecimientos a un personaje heroico, desde luego, pero no fundamental. Incluso su conquista de Valencia ni fue duradera ni de largo alcance. Alguna influencia sí tuvo el Cid para acelerar la desintegración del ala derecha de al-Andalus, pues al inspirar terror en todo el Levante obligó a muchos musulmanes a huir de sus hogares facilitando así el avance cristiano.
Pero, ¿cómo estudiar la época de los Taifas?  Podríamos dividir esta época en tres pequeñas etapas:
1. - La primera, de 1009 a 1031, es la etapa de la lucha por el Califato. Durante aquellos veintidós años no había todavía ni reyes ni reinos de Taifas. La lucha entre los pretendientes y sus seguidores se desarrollaba en la capital o en sus alrededores, mientras que los gobernadores de las provincias se mantenían a la expectativa. Algunos seguían la marcha de la guerra fratricida, estupefacta y afligida, esperando superar la crisis y ver restablecida la paz, mientras que otros se preparaban para adueñarse del poder en sus provincias a la menor oportunidad. Pero ninguno de ellos intentó nada importante durante esta etapa. Por lo tanto, se puede escribir su historia en un sólo capítulo sin demasiada dificultad.

2. - Una vez suprimido el Califato, el 20 de noviembre de 1031, comienza la época de los Taifas propiamente dicha, pero al-Andalus no estaba todavía dividida. Cada uno de los pretendientes se había lanzado a la ardua tarea de transformar su provincia, ciudad y a veces simple castillo, en un reino y ellos mismos en reyes. Las fronteras no estaban todavía delimitadas y el conflicto en torno a las ciudades o castillos era muy encarnizado. De vez en cuando, algunos vencidos en esta lucha en torno al califato, o en su carrera hacia las monarquías de provincias, se vieron eliminados o puestos fuera de combate o constreñidos a entregar un sitio para conseguir un nuevo lugar en donde hacerse dueños independientes o vasallos de otro. A veces, algunos de ellos se vieron obligados incluso a abandonar al-Andalus.
A todos estos detalles, que son en realidad el preludio de la fundación de los reinos de Taifas, se les puede reservar un capítulo que estudie, al mismo tiempo, los orígenes de las dinastías de los Taifas y el desarrollo de los acontecimientos hasta establecer de un modo más o menos fijo el cuadro general de los reinos. Este período nos lleva hasta 1040 0 1045, ya que entre estos dos años quedó establecido, casi definitivamente, el cuadro general de la al-Andalus de las Taifas, especialmente para los más importantes de ellos, es decir, Sevilla, Granada, Almería, Badajoz, Valencia, Denia y Zaragoza. Este capítulo puede empezar con los acontecimientos de Córdoba bajo los Banu Yahwar, y terminar con un estudio de conjunto del desarrollo de las posesiones cristiana hasta finales del reinado de Sancho el Grande.
3. -- Luego viene la etapa de los Taifas propiamente dichos, que comprende hasta 1090. Aquí es preciso reservar un capítulo para cada uno de estos reinos, especialmente de los más importantes como Sevilla, Badajoz, Granada, Valencia, Denia y Zaragoza, Toda la epopeya del Cid se puede incluir en el capitulo de Valencia.
El estudio se termina con la historia de la intervención de los Almorávides y la incorporación de los reinos de Taifas -menos el de Zaragoza- a su imperio. Aquí se puede incluir también un juicio general o conclusión sobre todo el panorama del siglo XI.

Se entiende que el estudio en estos capítulos se limitará a la historia política. Para el resto y la más importante faceta, la historia de la civilización musulmana durante este siglo, hay que escribir un volumen aparte. Un volumen que abarque todos los aspectos de la historia de la cultura musulmana en aquel siglo que conoció la decadencia política y el apogeo cultural del mismo pueblo.
Después de trazar este plan como mera sugerencia nada más, reanudamos nuestras observaciones generales sobre esta época.
En unas breves líneas escritas por Lévi-Provenzal, como colofón al segundo volumen de su Historia de la España Musulmana, trata de buscar las causas del extraño acontecimiento de la desintegración de al-Andalus. Dice: «Menos de un cuarto de siglo había bastado para que al-Andalus viese caer, como un castillo de naipes, el edificio que los Omeyas habían erigido tan trabajosamente sobre su suelo y apuntalado lo mejor que pudieron, siempre que una sacudida demasiado fuerte conmovía sus cimientos. Las causas que provocaron este súbito derrumbamiento se dejan adivinar, aunque estén apenas apuntadas en los relatos de los historiadores árabes. Fueron: la incapacidad de Hisham II y del tercer regente `amirí, prolongada en la de los últimos representantes de la dinastía marwâní; la injerencia creciente y pronto desmesurada, en los negocios públicos, de los pretorianos beréberes y eslavos; la anarquía latente en la plebe de Córdoba; la culpable apatía de las clases burguesas y, sobre todo, la disociación progresiva del poco homogéneo conglomerado de las poblaciones andaluzas, con el despertar de los particularismos étnicos y la formación de partidos políticos fundados en afinidades de origen».
«Pero aun apreciando todas estas causas, el vertiginoso derrumbamiento omeya sigue siendo un motivo de asombro. Nos explicaríamos mejor la catástrofe si hubiese sido menos rápida, y si algunas grietas no cerradas o algunas hendiduras mal separadas nos hubiesen predicho su próxima caída. Una vez que el califato cordobés llegó a la cima de su poderío, hubiéramos esperado que se abriese un largo período de progresiva decadencia delatada por un declive continuo de la autoridad real, por repetidos reveses militares o por graves usurpaciones hechas por el enemigo cristiano en el territorio musulmán. Nada de esto sucedió».
Si la caída del califato es un acontecimiento asombroso y difícil de explicar, lo que siguió no fue menos extraño. Aquí se siente como si la lógica que rige la historia se hubiera confundido, igual a un reloj estropeado durante cierto tiempo. Ante tan extraña sucesión de acontecimientos no nos queda más remedio que contentarnos con seguir el paso de los mismos tal y como ocurrieron.
El primer resultado de la caída del califato fue el desmembramiento de su territorio en principados hostiles unos a otros. Este hecho, no solamente asombra al lector árabe, sino que le entristece y llena de disgusto, por considerar a los llamados Reyes de Taifas como criminales que destruyeron la unidad del califato para nombrarse emires y reyes que sacrificaron el interés común por el propio, a fin de satisfacer su orgullo vano, egoísta y estéril. El historiador no árabe, califica su conducta, por lo menos, de estúpida, ya que la considera como indicio de falta de sentimiento nacional e islámico.
Seguramente algo hubo de todo esto; pero consideremos el caso más detenidamente. Tomemos, por ejemplo, los dos casos de Ismail ibn Abbad y Yaish, ibn Muhammad ibn Yaish, que se declararon independientes, el primero en Sevilla y el segundo en Toledo. Ismail ibn Abbad, cuando estalló la guerra civil -a la muerte de `Abd al-Rahman, hijo de Almanzor, en febrero de 1009 -era el hombre más destacado de Sevilla. Era juez de la ciudad y supo acumular inmensas riquezas. Por su cargo de juez y por su rica posición, resultaba la persona más adecuada para regir los destinos de su región a falta de un poder superior. Yaish ibn Muhammad ibn Yaish, era el más importante dignatario de Toledo. Además de rico era también juez. Cuando llegó la noticia de la revolución a las grandes capitales, Ibn `Abbâd se hizo cargo del poder en la provincia de Sevilla con el consenso general.
En Toledo se formó una Junta de dignatarios para mantener el orden hasta que pasase la crisis y se restableciese nuevamente el orden. Pero la crisis no terminó, y de repente llegó la noticia de la abolición del califato. De un golpe desapareció la unidad y su símbolo. Sin aspirar a la independencia ni pensar en hacerse príncipes en sus provincias, hombres como Ibn `Abbâd, Ibn Ya'îsh y demás jefes de las comunidades provinciales, se encontraron aislados de Córdoba y de las demás provincias del Califato. La situación en que se encontraban, después de aquel 30 de noviembre de 1031, debía de parecerles muy extraña, pues la costumbre era que se desintegrasen los reinos de fuera a dentro: se separaban las provincias una tras otra hasta la desintegración del Imperio. Acostumbraba a ocurrir tal desintegración lentamente; se predecía la caída por algunas grietas mal cerradas o por algunas hendiduras mal separadas, como dice Lévi ­Provengal. Los jefes, en las provincias, se acostumbraron poco a poco a la ausencia del poder central, se adaptaron con el correr de los años a la vida desamparada, y en todo caso, la dinastía caída fue sustituida por otra nacional o extranjera. Por la fuerza, por herencia, por traspaso legal, por previos acuerdos, por traiciones o por cualquier otro motivo, siempre había quien se hacía cargo del poder central y por lo menos subsistía un símbolo para reclamar la lealtad de las provincias. Pero aquí, de la noche a la mañana, los notables provincianos se veían obligados a ser independientes. No podían permanecer leales aunque lo hubiesen querido, puesto que no tenían a quién serlo.

Así, por una de esas tristes ironías del destino, los jefes de las comunidades en las provincias no podían escapar de ser príncipes independientes en sus localidades. Tenían que transformarse de jueces, gobernadores provinciales, notables destacados, o jefes militares, en príncipes o reyes, según les convenía. El cetro estaba en sus manos y podían escoger el tipo de corona más de su agrado y empezar el aprendizaje del difícil arte de ser reyes.
Los jueces seguían el ejemplo de Abú-l-Hazm ibn Yahwar, jefe de Córdoba, que suprimió el califato y asumió el poder en la capital y en su provincia, siguiendo el modelo trazado por Almanzor. El caso de al-Mansur Muhammad ibn Abi `Amir, no fue único en al-Andalus solamente, sino en toda la historia musulmana. Desde luego, hubo muchos ministros que reinaron en nombre de reyes o califas, despojándolos de toda autoridad real, pero no como al-Mansur. Este, con una audacia sin límite, con ambición devoradora, con aguda inteligencia, pudo subir al poder desde la nada. Este hombre aparecía ante sus seguidores y admiradores como un modelo del perfecto político y administrador. Pero todos han olvidado que para este tipo de político no sirven los modelos. Son hombres «sui generis», a los que no se puede -a veces es peligroso- imitar.
Todos aquellos jueces o jefes de comunidades no eran nada en relación con la administración del Estado y se encontraron, después de aquel 30 de noviembre de 1031, llamados a serlo todo. No tenían más modelo que el de aquél que ya había vivido esta experiencia.
Este creo que fue el móvil inconsciente -o consciente- que empujó a Abú-l-Hazm ibn Yahwar a suprimir el califato. Este hombre, representante de una de las más nobles familias de la capital califal, gozaba de facultades excepcionales y disponía de inmensas riquezas. Podía erigirse en regente y haber conservado el califato hasta encontrar una personalidad capaz de revestirse de la dignidad de califa, en vez de suprimirlo totalmente, pero su objetivo no era el de salvar el régimen al que él mismo lo debía todo, sino transformarse en un pequeño Almanzor en Córdoba. Sus aspiraciones no pasaban de tales límites, y al lograrlos empezaron sus sufrimientos.
Ibn Yahwar dominó Córdoba con su astucia e ingenuidad, así como con el nombre prestigioso de su familia. Ante todo le interesaba el dinero. Llegó a ser el hombre más rico de Córdoba y supo hacer reinar la paz y la tranquilidad en ella después de tantos años de disturbios, saqueos y miseria. Lo que escapó a la astucia de Ibn Yahwar fue el ver que era imposible vivir en una isla de paz rodeada de un mar agitado que la amenazaba constantemente. Pocos años después de su muerte, los dos hijos que le sucedieron intentaron seguir su camino; pero un día la ola de disturbios los sumergió.
Ibn `Abbâd de Sevilla hizo lo mismo. Siguió el mismo modelo de Almanzor, pero con más precisión, más crueldad y menos humanitarismo. Tuvo más suerte, ya que su hijo continuó la obra de dominación de Sevilla y su provincia. De pronto se convirtió Sevilla en un verdadero principado, con ejército, gobierno, atributos reales e incluso su corte de poetas. Pero todo ello era tan frágil, tan artificial, que se temía su desplome en cualquier momento.
La causa de esta fragilidad latente en todos los reinos de Taifas, fue que el modelo de Almanzor no encajaba más que dentro del marco de un estado legítimo. Almanzor era un Hâÿib, digamos gran visir, primer ministro de un califa, de una monarquía sólidamente establecida. Ahí residió su fuerza: sin esto de nada le hubiera servido ni su inteligencia ni su astucia, porque el concepto de la autoridad basada en la pura fuerza no convenció jamás a la mentalidad musulmana medieval. No sirve en este sentido ni el apoyo de los alfaquíes (los faqihs, expertos en derecho islámico) ni un edicto (fatwá) de su colegio. La legalidad real de un estado musulmán, en aquel tiempo, se ganaba y se consagraba solamente por el esfuerzo en defensa del Islam. Los Omeyas de Oriente, que no eran al principio más que usurpadores, conquistaron la legalidad a través de las grandes campañas de expansión que dirigieron. Lo mismo ocurrió con los Omeyas de Occidente: conquistaron la legalidad mediante sus campañas anuales en defensa del Islam y sus tierras.
Nadie entendió esto como Almanzor. Dirigió dos campañas anuales, no para extender precisamente el dominio de al-Andalus, porque en realidad no lo hizo, sino para conquistar la legalidad de su régimen y, seguramente, si Almanzor hubiese tenido hijos capaces de continuar el trabajo emprendido por él, su dinastía hubiera suplantado a la casa Omeya, como los carolingios sucedieron a los merovingios surgiendo de su propio seno.
Esta es la parte de la herencia de Almanzor que sus imitadores se olvidaron de captar. Le imitaron en todo menos en lo más importante, en lo fundamental. Grandes o pequeños, fuertes o débiles, estos reinos de Taifas, por su actitud cobarde frente a los enemigos del Islam y los musulmanes, se condenaron de antemano. Se apoderaron del poder, como hemos visto, de una manera lógica y casi legal: al desaparecer el poder central tenían que hacerse cargo del poder en sus territorios. Pero fracasaron en consagrar este poder, en conquistar su legitimidad, perdieron la vigencia indispensable para cualquier régimen que aspira a ser duradero.
Todos fueron elogiados por hacerse cargo del pudor, y todos fueron condenados por su comportamiento después. Del fundador del emirato de los abbâdíes dice Ibn Hayyân: "Allah hizo aprovechar a sus súbditos de sus servicios". Pero su hijo y sucesor fue calificado por Ibn Bassâm como un hombre parado en mitad del camino después de haber reventado su montura.
La semejanza no puede ser más acertada, ya que en realidad los reyes de Taifas fueron unos hombres desgraciados detenidos en mitad del camino. Sus reinos perdieron su razón de ser apenas nacidos. Estaban condenados a desaparecer, especialmente porque se encontraban en una zona disputada por dos frentes que se combatían: los cristianos por el norte y los musulmanes por el sur. Tarde o temprano la dirección del frente musulmán tenía que pasar a manos de los que combatían por el Islam. Esto es lo que trajo a los Almorávides a al-Andalus. Mucho se ha dicho con respecto a la dominación de los Almorávides en al-Andalus: la atracción hacia un país más civilizado, los deseos de apropiarse de las riquezas de al-Andalus, el empuje natural de un imperio más allá de sus fronteras y otras muchas razones. Puede ser que hubiera algo de todo esto, pero ante todo estaba la llamada de la historia.
Fatalmente fueron llamados los Almorávides a la Península Ibérica, como lo fueron los cristianos del norte al centro de la Península. En aquella zona existía un vacío político que atraía a las fuerzas del exterior. Allí también estaba el desafío al Islam y a las dos fuerzas que se sentían capaces de responder al mismo. Los reyes de Taifas, que vivían en el mismo campo de batalla, no estaban a la misma altura del desafío y por consiguiente tuvieron que desaparecer. Este es uno de los casos históricos en donde se aplica casi a la letra la ley del «challenge and response», de Arnold Tonybee.

Algo semejante ocurrió en el Oriente musulmán a finales del mismo siglo once, cuando llegaron los cruzados a Siria. Ni los jefes de los emiratos sirios de aquel entonces, ni los Fatigares, estaban a la altura del desafío. Otros musulmanes, los atabeks, es decir los regentes de los Selÿûqíes del Irak, eran capaces de enfrentarse al desafío, y en consecuencia se encontraron llamados a responder, por lo que, en la lucha, desaparecieron los principados sirios y el imperio fatimí.

VALENCIA DESAPARECIDA-La Ciudadela

Superficie comprendida entre las calles Ximénez de Sandoval, General Palanca, Plaza Portal de la Mar, Del Justicia y Paseo de la Ciudadela.

Conjunto de edificios, de tipología muy variada, cuyo núcleo lo construyó la "Casa de les Armes", construcción  mandada hacer por la Generalitat Valenciana como fortificación del ángulo SE de la vieja muralla, que por estar más cercano al mar era más vulnerable a los posibles ataques de los piratas berberiscos. También fue almacén de pertrechos de guerra. Una pequeña capilla daba servicio al contingente de soldados de dicho puesto militar. Esa "Casa de les Armes" sustituyó a otra más antigua que se denominó "Baluarte de la Puerta de la Mar" y que se hallaba enclavado entre la "Torre del Esperó" y la de los Judíos.

En el siglo XVIII Felipe V derribó gran parte de los antiguos edificios construyendo un torreón, con muros en talud y troneras para la artillería. Dicho torreón  estaba destinado a cuartel de las tropas reales. En una de sus paredes fijó una lápida en la que aludía a su victoria militar en Almansa. Fue arrancada de su lugar en 1808.


En 1814 se comenzó a demoler un torreón de ángulo de La Ciudadela cuyos cañones apuntaban hacia la ciudad. En 1859 se destruyeron otros edificios adjuntos. En 1901, siendo Capitán General don Luis Maria Pando, se llevó a cabo el último derribo. Quedó un extenso solar que lindaba con el Convento de Santo Domingo. Un pequeño muro de defensa, restos del baluarte de 1707, perduró hasta 1960 año en el que fue demolido para construir diversos edificios de viviendas. 

Fue La Ciudadela un heterogéneo conjunto de edificios mezcla de estilos diversos sin una ordenación arquitectónica coherente. El bastión del siglo XVIII era semejante a los típicos modelos de fortificaciones militares de la Edad Moderna.




martes, 21 de noviembre de 2017

APUNTE DE PERSONAJE DIECIOCHESCO de Mariano Fortuny

Comienzo la exposición de una serie de obras de Mariano Fortuny, con este apunte de un personaje dieciochesco. Hay varias apuntes y bocetos que iré incluyendo intercalándolos con obras ya consagradas.
Lápiz sobre papel marrón de 14 X 12,5 cm. Pintado hacia 1870.

VALENCIA DESAPARECIDA-Casa-ermita de la Orden de Calatrava

La iglesia de la Orden de Calatrava se hallaba en la plaza de su nombre, plaza ya así rotulada en 1494 y que fue ampliada en 1508. Perteneciendo a la parroquia de San Nicolás,  la desmembró y adjudicó a la de Santa Catalina  Mártir el arzobispo Martín de Ayala en el año 1566, hallándose posteriormente de nuevo en la primera en 1895. Aparece en el plano de Manceli (n° 80 de su leyenda), visualizada con su hastial a dicha explanada y con espadaña en la esquina de la Epístola de dicha fronterra, lo que corrobora Tosca en 1704 con su dibujo.


Debía ser de estructura sencilla de única nave con altares laterales y tramos de bóveda nervada, edificada primeramente en época medieval con reconstrucciones o intervenciones posteriores. Para el retablo mayor de la Real Capilla de dicha orden, y por encargo del administrador de ésta, verificó diseño el arquitecto Joaquín Cabrera, el cual presentaba a la Academia de San Carlos para su aprobación mediante misiva de 25 de enero de 1827. Cruilles, que destaca la aparición en su iglesia del Santo Cristo del Consuelo en 1780, trasladado después al Temple,  indica que el edificio, como procedente de encomiendas vacantes, fue vendido, subsistiendo al templo hasta pocos años ha de 1876 en que fue demolido y convertido en casas.

LOS REINOS DE TAIFAS-2

Los reyes de Taifas:

Es sumamente útil para nuestro propósito exponer aquí los lazos que unían a cada una de las dinastías de reyezuelos con Almanzor y, en consecuencia, cómo se formaron en su escuela. Veremos a continuación las relaciones entre Almanzor y los fundadores de algunas de aquellas dinastías que se repartieron las tierras del Califato para transformarse en reyes de Taifas.
Los Hammûdíes: 'Alî y al-Qâsim, hijos de Hammûd, contaban entre los jefes beréberes llamados por Almanzor para apoyar su dictadura. Después de la muerte de 'Abd al-Rahmân ibn abî 'Amîr, formaron parte del grupo beréber que apoyaba la causa de Sulaymân al-Musta'în. A la muerte de éste, se apoderó `Ali b. Hammûd del Califato, en Muharram 707 (julio 1016). Ninguno de aquellos pretendientes se esforzó tanto para emular a Almanzor, especialmente durante los primeros ocho meses de su infeliz reinado, de dos años escasos. 'Alî se mostró firme, justo, austero y audaz. Mantuvo a los beréberes de Zanáta con mano fuerte, y esto bastó para que los cordobeses le entregasen su corazón. Los contingentes de Zanáta eran, en aquellos tiempos, una de las causas más peligrosas de disturbios: traídos desde África por Almanzor, se sentían sus vasallos y no reconocían más autoridad que la de él y sus hijos. Les encumbró hasta el extremo de utilizarles para humillar el orgullo de los andaluces. Eran turbulentos, intrépidos y anárquicos. Sólo una mano firme podía sujetarles y sacar partido de ellos. Almanzor y su hijo `Abd al-Malik al-Muzaffar supieron hacerlo, pero su segundo hijo `Abd al-Rahman, no supo imponerles el debido respeto y le abandonaron a su suerte, para acudir a la capital, en donde iniciaron un largo y triste periodo de anarquía y desolación.
Apoyaron la causa de Sulaymân al-Musta'în, como hicieron los otros beréberes, para luego abandonarle por 'Ali ibn Hammûd, y formaron parte de los mercenarios que acompañaban su cortejo cuando entró victorioso en Córdoba, el primero de julio de 1016. Era de esperar que le sirviesen con más sinceridad, puesto que él mismo era casi un zanâtí. Pero no fue así. Este hombre que subió al Califato de la manera más brutal y violenta que imaginarse pueda, una vez elegido califa quiso imitar los modos de su admirado Almanzor. Durante los primeros ocho meses de su reinado se mostró firme, justo y correcto, Exigió el orden y la obediencia a todos los beréberes, zanâtíes y de otras tribus. Mientras los cordobeses le demostraban su adhesión, los beréberes se alejaron de él. Aquí no pudo Alî ibn Hammûd seguir jugando con su papel de Almanzor, pues le faltaba la valentía de aquél.
Apenas supo que los Zanatíes le habían abandonado, se sintió perdido y olvidó toda firmeza o rectitud. Para reconquistar la ayuda de los Zanâtíes les permitió toda clase de desmanes, dejándoles disponer de Córdoba y de sus habitantes a su antojo. Les permitió insultar y despojar a los notables cordobeses, tales como Abû-l-Hazm ibn Yahwar, de sus vestidos y montura en plena calle. Esta debilidad de su carácter decidió la suerte de Alî ibn Hammûd. Fue asesinado por sus propios esclavos. Si hubiera seguido con la firmeza de sus primeros meses, hubiera podido muy probablemente ganar la partida. El resto de los pretendientes de esta casa no fueron mejores que `Alí ibn Hammûd en este sentido.

Los `Abbâdíes eran clientes de Almanzor y de (pretendido) origen árabe yemení como él. Se instalaron en al-Andalus, en la región de Sevilla. Ismà'il ibn 'Abbâd fue nombrado cadí de Sevilla por Almanzor y se convirtió, con su apoyo, en el hombre más rico y notable del oeste de al-Andalus. Al comienzo de la revolución fue perseguido por Muhammad ibn Abd Yabbaâr al-Mahdi. Luego, cuando los Hammûdíes se apoderaron del Califato, al ­Qâsim ibn Hammûd se aseguró la adhesión de los `Abbâdíes nombrando a Abu-l-Qàsim Muhammad ibn Abbâd, hijo de Ismà'il, su representante en Sevilla. Le devolvió las propiedades de su padre. Así empezó a brillar la estrella de esta casa. Abu-l­-Qâsim ibn Abbâd siguió el modelo de Almanzor en todas las facetas negativas de su carácter, pero no fue capaz de emularle en lo grande o noble.
Los Banû Sumâdih de Almería. - El fundador de esta rama de la casa Tuÿîbî, en Almería fue Muhammad ibn Ma'n ibn Sumâdih. Su madre, Burayha, fue hija de `Abd ar-Rahmân, hijo de Almanzor. Además, cuando los enemigos de su casa le expulsaron de Zaragoza, buscó refugio en Valencia y se puso bajo la protección de su gobernador, Abd al-Aziz ibn Abd al-Rahmân ibn Abî Amîr, su tío materno. Los dos hijos de Muhammad ibn Ma'n se casaron con dos hijas de Abd al-Aziz y uno de ellos, Ma'n, fue nombrado por él gobernador de Almería. Así empezó la influencia de esta casa sumâdihí en esta ciudad.
Los Banû al-Aftas, de Badajoz. - El fundador de este emirato fue un esclavo `âmirí llamado Sâbûr, que fue también mozo y seguidor de Fâ'ik, el esclavón de al-Hakam II. Como siempre, Almanzor se procuraba la adhesión de los jóvenes esclavos en contra de sus dueños, y de este modo Sâbûr llegó a ser `âmirí, es decir, miembro del partido del gran dictador. `Abd Allah ibn Maslama, fundador de la dinastía de los Aftasíes, era un teniente de Sâbûr. Descendía también de la tribu de Miknâsa, que llegó a al-Andalus buscando fortuna y atraído por la fama de Almanzor. Así se formó `Abd Alláh ibn Maslama en la escuela del maestro. Al estallar la revolución, Sâbûr se independizó en Badajoz y `Abd Allah ibn Maslama se unió a él con los guerreros miknâsies a sus órdenes. Sirvió a Sâbûr con gran devoción y a su muerte le heredó y se instaló en Badajoz como reyezuelo, tomando el título de al-Muzaffar.

Los Banû Razîn de Santa María de Albarnacín, llamada también la Sahla. - El fundador de esta casa fue `Abd al­Màlik ibn Hudayl ibn Razîn, de la tribu beréber de Hawwâra, confirmado en el gobierno de esta región fronteriza por Almanzor. A raíz de la revolución se separó de Córdoba con el mismo pretexto que alegaron Ismâ'il ibn Dzû-1-Nûn, Mundir Ibn Yahya y otros muchos jefes de regiones fronterizas, es decir, su pretendida devoción a Hishâm II en contra del pretendiente Muhammad ibn Abd al-Yabbâr al-Mahdí. Es interesante observar cómo los Ámîríes y sus seguidores se apoyaron, en los comienzos de la revolución, en la lealtad -aparente desde luego- al califa legítimo Hishâm II. Almanzor también se había apoyado en ella. Este rasgo fue una de las maniobras políticas que casi todos los ámîríes heredaron de su maestro.
Los Banû Tâhir de Murcia. - Muhammad ibn Ahmad ibn Tâhir, fundador de un emirato en Murcia, fue un antiguo miembro del grupo `âmirí desde los días de Almanzor. Cuando la revolución, Zuhayr el esclavón `âmirí, se adueñó de Almería y Murcia. En esta última ciudad, el personaje más importante era Abû `Âmir ibn Jattàb, de la familia de los Banû Jattâá, antiguos clientes y protegidos de Almanzor. Zuhayr, temiendo el prestigio político de Abû Âmir ibn Jattâb en Murcia, le obligó a vivir con él en Almería y nombró a Muhammad ibn Tâhir gobernador de Murcia. A la muerte de Zuhayr, Ibn Tâhir siguió como jefe independiente de Murcia, apoyado por `Abd al-Azîz, hijo de Abd ar-Rahmàn ibn abî Àmir, dueño de Valencia. Muerto Muhammad ibn Tâhir, le sucedió su hijo Abû Tâhir `Abd ar-Rahmân ibn Muhammad, el más conocido de su dinastía. Es el famoso autor de la carta que contiene la historia del Cid, publicada por Dozy en sus Recherches (II, apéndice). Una carta que se ha convertido en un verdadero documento histórico de inestimable valor.
Ibn Rasiq Ahmad, señor de Mallorca, fue un antiguo seguidor y partidario de Almanzor, nombrado gobernador y lugarteniente de aquella bellísima isla, por Maÿâhid, el famoso jefe de los esclavos Âmiríes.
Los Banû Dzû-l-Nûn, de Toledo, fueron quizás, los que más sufrieron el impacto del ejemplo âmirí. El carácter del fundador de la dinastía, un beréber «andalusí» de la tribu de Hawwara, refleja más que ningún otro, las facetas negativas de la figura de Almanzor. Fue gobernador de Uclés durante el mandato de aquél y se esforzó en demostrarle su adhesión. Al morir el segundo hijo de Almanzor, en 1009 y al comienzo de la conflagración de la guerra civil, Ismâ'il ibn Dzû-1-Nûn se pronunció a favor de Sulaymân al-Musta'în y obtuvo la confirmación de su dominio en Uclés. Su vecino por el Este era Wâdih, eslavo `amirí que dominaba en Almería y Murcia, extendiéndose también su autoridad hasta Cuenca. Ismail se ganó su amistad y consiguió el gobierno de esta última ciudad. Cuando Wâdih murió, su mujer buscó refugio en Cuenca y pidió la protección del vasallo de su marido. Su interés por ella creció cuando supo que la viuda, además de los hijos de Wâdih, tenía una respetable cantidad de sus riquezas que él no tuvo escrúpulo en confiscar. Al mismo tiempo, supo añadir Santaver a sus posesiones. Luego, los Toledanos, incapaces de ponerse de acuerdo para elegir un gobernador y necesitados de alguna fuerza militar indispensable para proteger la ciudad y su provincia, decidieron llamar a Ismail, hijo de al-Midrâs ibn Dzû-1-Nûn. Ante la invitación a hacerse dueño de Toledo llegó el ambicioso cabecilla a convertirse en el reyezuelo más importante de al-Andalus de entonces, desgarrada por completo. Además, fue el primero en declararse independiente, pues en los primeros meses que siguieron a la muerte del tercer `amirí, los restantes jefes provinciales esperaban con expectación el resultado de la contienda desarrollada entre los pretendientes marwâníes y sus secuaces.
Ninguno de aquellos usurpadores se mostró tan fascinado y ebrio de su efímero poder como este ávido rapaz. Se diría que era como un nuevo rico que no sabe, ni puede, ni quiere comportarse con la dignidad impuesta por su cargo. Imaginándose ya ser un gran monarca, se extrañaba mucho cuando oía comentar a alguien que pronto se podría reunificar al-Andalus bajo el mandato de un marwâní. Decía entonces: «Juro por Allah que si Abú Bakr al-Siddîq me pide obediencia iré contra él. ¿Cómo voy a ceder mi poder a un pretendiente de los Banu Umayya a quienes Allah no nos obliga a obedecer? Estos descendientes de Marwan son de linaje ilegítimo; sus abuelos ni siquiera estuvieron entre los compañeros de Muhammad ni les permitían los piadosos antepasados el derecho al voto en las elecciones para el emirato». Lo mismo decía de todos los Hâshimîes y Qurashíes sin excepción. Una vez, les insultó a todos diciendo que el poder sólo pertenece a quien lo consigue.
La actitud de este hombre es un ejemplo claro de lo que antes decíamos: estos cabecillas no temían en principio que sus tierras pudiesen caer en manos cristianas. Pensaban que se habían liberado por el momento del poder central y no tenían que hacer más que gozar del poder y de la vida. Además, Ismail ibn Dzû-1-Nùn, se vio momentáneamente engañado por la paz y la tranquilidad que reinaban en las fronteras con León y Castilla, ocupadas a la sazón en una guerra entre los hijos de Sancho III. Pero luego, cuando Fernando I logró unificar el reino de nuevo, en 1037, todo cambió. El monarca cristiano continuó el avance hacia el sur y consiguió, con el ala izquierda de sus tropas, llegar hasta las tierras dependientes del reino de los Aftasíes, apoderándose de Coimbra. Pero Ismail ibn Dzû-l-Nùn no vivió hasta los tiempos de Sancho II y Alfonso VI. Murió en 1043 y el trono de Toledo fue a parar a su hijo Yahya, llamado al-Ma’mun y luego a su biznieto Yahya, llamado al­Qâdir.


Estos fueron los más importantes reyezuelos. No he mencionado aquí a los Esclavos Amiríes, pues está claro que formaban parte integrante del partido Amirí. De los ejemplos citados se desprende cómo Almanzor se esforzó con suma paciencia para preparar el terreno a fin de que su familia ocupara el puesto de los Marwaníes. Para ello formó un ejército amirí y un partido devoto a él y a su casa. Al morir en 1003, dejó a su hijo al-Muzaffar en su puesto, pensando que a la muerte de Hisham II el califato pasaría a su familia. Pero no fue así. A nadie engaña el destino tan cruelmente como a los dictadores que se pasan la vida engañando a los demás. Su hijo al-Muzaffar murió muy joven, después de siete años de reinado. Su segundo hijo era un monstruo sin corazón ni piedad, que sufrió el peor de los destinos, traicionado y abandonado por sus propias tropas amiríes. Huyó de la manera más cobarde que imaginarse pueda y fue degollado por sus enemigos unos días más tarde. El ejército mercenario formado por Almanzor volvió a convertirse en la plaga de al-Andalus, y el partido que había formado demostró estar compuesto por hombres ingratos y rapaces sin piedad que se repartieron el país olvidándose de todo: patria, honor y dignidad. 

PEDRO II el Católico, rey de Aragón

Nacido en Huesca, en julio de 1178. Era hijo de Alfonso II, rey de Aragón, a quien sucedió, y de doña Sancha, hija de Alfonso VII de Castilla. Según constaba en el testamento de su padre no podía reinar, con pleno gobierno, hasta no haber cumplido los veinte años, entretanto su madre quedaba como tutora. Por el mismo testamento se le nombraba rey de Aragón y conde de Barcelona, Rosellón y Pallás; su hermano Alfonso heredaba el condado de Provenza, Aimillán, Gavaldán y Redón, en el sur de Francia. En septiembre de 1196 tomaba posesión solemne del reino en las Cortes de Daroca.
Los primeros años de reinado enfrentaron a madre e hijo; en el año 1200 ambos acuerdan que la reina posea los castillos de Embid, Épila y Ariza. Al año siguiente se reúnen los dos en Daroca donde acuerdan poner fin a sus diferencias. En julio de 1204 Pedro II se casa con doña María, hija única de Guillermo, señor de Montpellier, añadiendo con ello nuevos territorios a la Corona de Aragón. Ambos esposos mantendrán a lo largo de su vida una antipatía mutua que llevará al rey a pedir la anulación del matrimonio para casarse de nuevo con Doña María, reina de Jerusalem, a lo que el Papa Inocencio III se opondrá en 1206. De este matrimonio nacerá el futuro rey de Aragón Jaime I el Conquistador el 1 de noviembre de 1208. Tendrá además una hija ilegítima, Leonor, que casará con el senescal D. Guillén Ramón de Moncada, y un hijo ilegítimo, D. Pedro de Rege, que llegará a ser canónigo sacristán en Lérida.
Pedro II será el primer rey aragonés que se corone. El 11 de noviembre de 1204, Inocencio III le impondrá la corona como rey de Aragón. Corrió la leyenda de que los papas, para resaltar el predominio espiritual de la iglesia, imponían la corona con los pies en lugar de con las manos, razón por la cual Pedro, se hizo coronar con una corona de pan blando, con ello Inocencio III se vio obligado a hacerlo con las manos. Con este acto el rey de Aragón constituía a su reino —regnum meum— en feudatario de la Santa Sede y se declaraba vasallo de San Pedro. Será también el primer monarca aragonés en conceder a un municipio, Montpellier, el privilegio de poder nombrar a sus propios magistrados.
En estos primeros años se reafirmará la amistad con Castilla, materializada por la ayuda prestada a su rey Alfonso VIII en las campañas contra Navarra y fundamentalmente en la batalla de las Navas de Tolosa en 1212. Fruto de esta alianza tendrán lugar entre los reyes de Aragón y Castilla las vistas celebradas en Campillo Susano, cerca de Tarazona, en 1204, donde quedarán fijadas definitivamente las fronteras entre ambos reinos.

Pedro II se había convertido desde fines del siglo XII en señor feudal de casi todo el Midi francés. Influencias provenzales penetrarán en la Corte aragonesa. Pedro II responde al ideal de caballero feudal “de elevada estatura y arrogante presencia”, alabado por sus trovadores Ramón de Miraval, Giralt de Calansó y Guin de Usez, que protegidos por el rey difundieron la literatura provenzal en la Corte aragonesa.
Los intereses aragoneses en el sur de Francia le obligarán a dedicar a esta zona la mayor parte de sus esfuerzos. Su hermano don Alfonso se había enemistado con Guillermo, conde de Folcalguer, comenzando un largo período de hostilidades en el que se verá involucrado el propio rey de Aragón.
Ambos hermanos habían firmado un tratado de amistad con el conde de Tolosa, Raimundo VI. A comienzos del siglo XIII prende con fuerza en el sur de Francia la herejía de los cátaros albigenses, encabezada por el conde de Tolosa; contra ellos se predicará una cruzada en 1208. Al año siguiente una coalición formada por los condes de Nevers, Montfort, Leicester y Saint Paul toma Béziers y sitia Carcasona. El aragonés acude en ayuda de sus vasallos, presentándose en Carcasona donde intenta convencer al vizconde Ramón Roger, jefe de los sitiados, para que dialogue con los sitiadores y evite el enfrentamiento. Éste se niega pero logra evitarse la lucha.
Pedro II regresa a Aragón y forma un poderoso ejército para conquistar el reino de Valencia. Aragón había quedado configurado territorialmente en 1204 al conquistarse Rubielos de Mora. En esta campaña se conquistan Ademuz, Castielfabib y Sertella, ya en Valencia. Los acontecimientos del sur de Francia impiden al aragonés continuar sus conquistas en Levante. En enero de 1211 asiste en Narbona a la conferencia entre Simón de Montfort, el conde Ramón de Tolosa y los legados Arnau, abad del Cister, y Ramón, obispo de Usez, para tratar de conciliar a los condes de Tolosa y Foix con la Iglesia. Simón de Montfort, buscando la avenencia con Pedro II, propuso casar a su hija con el príncipe de Aragón D. Jaime; el matrimonio no llegó a celebrarse pero D. Jaime quedó en poder del de Montfort, que ofreció homenaje al rey de Aragón por Carcasona.
Pedro II regresa a Aragón. Toma parte en la batalla de las Navas y en la toma de Jaén el 1212. Surgen de nuevo los problemas en el Midi y a instancias del conde de Tolosa se traslada al Languedoc a comienzos de 1213 para ayudar a sus vasallos albigenses contra las amenazas de los cruzados de Simón de Montfort. Pone bajo su protección a los condes de Tolosa, Foix y Comenges y al mando de un fuerte ejército se dirige contra los cruzados, que se habían fortificado en Muret doce kilómetros al sur de Tolosa. Las tropas del rey de Aragón sitian la plaza el 10 de septiembre, el 13 se produce la batalla en la que Pedro II cae muerto. El cadáver del rey será, recogido por los hospitalarios, que lo llevarán a Tolosa, para ser definitivamente enterrado en el monasterio oscense de Sijena en 1217.

El reino de Aragón quedaba en una lamentable situación, con un rey menor de edad y en poder de Simón de Montfort. Tras el fracaso en el sur de Francia la Corona de Aragón centrará su impulso en la conquista de Valencia y la expansión por el Mediterráneo.

lunes, 20 de noviembre de 2017

MARIANO FORTUNY MARSAL

Nacido en Reus, el 11 de junio de 1838. Nacido en el seno de una familia de tradición artesanal, muestra desde joven predisposición para la pintura y comienza a asistir a la Escuela de Arte Municipal. Al quedar huérfano a la edad de catorce años, su abuelo se ocupa de su tutela y educación. Gracias a una pequeña ayuda económica de dos eclesiásticos de Reus, en 1850 se trasladan a Barcelona, donde cola­bora en el taller de Talarn e ilumina fotografías para subsistir y poder entrar en la Escuela de Bellas Artes a la que asistirá entre 1853 y 1857, te­niendo como profesores a Pablo Milá, Claudio Lorenzale y Luis Rigalt.

Asiste al mismo tiempo a la escuela privada de Lorenzale. En el año 1858 se traslada a Roma gracias a una beca de ampliación de estudios y asiste a la Academia Chigi. La Diputación de Barcelona le propone viajar a Marruecos para pintar los encuentros bélicos que allí estaban teniendo lugar. En 1860 comienza sus bocetos de la batalla de Wad-Rass, en Madrid frecuenta el Prado, donde se interesa por la obra de Velázquez y Goya y conoce a su futuro suegro, Federico de Madrazo, entonces director del Real Museo del Prado y de la Academia de Bellas Artes de San Fernando.

En París conoce al pintor Martín Rico, con el que comenzará una duradera amistad, y también a Zamacois. De nuevo en Roma, comienza a pintar el cuadro de La batalla de Tetuán y asiste a clases de la Academia de Bellas Artes de Francia en la Villa Médicis. Solicita de la Diputación de Barcelona otra ayuda para regresar a África y logra estar en Marruecos los meses de septiembre y octubre de 1862, donde pinta temas costumbristas.

Pinta por encargo del duque de Riansares La reina María Cristina pasando revista a las tropas. Con ocasión de la exposición de su pintura en el estudio de su amigo Sans Cabot en Madrid en junio de 1866, Federico de Madrazo se interesa vivamente por su obra y le invita a su casa. Allí conoce a Cecilia de Madrazo, la que será su futura esposa. Aprovecha para visitar Toledo, donde descubre a El Greco. Una vez más se instala en Roma.


En mayo de 1874, viaja a París y se aloja en casa de su cuñado Raimundo de Madrazo. De regreso a Roma decide pasar el verano en Nápoles y alquila una casa en Portici, lugar de encuentro de artistas. Pinta el Desnudo en la playa de Portici y Los hijos del pintor, María Luisa y Mariano, en el salón japonés, ambas caracterizadas por la pincelada suelta y espontánea, manifestando en la última de ellas la influencia de la pintura japonesa. En otoño, cuando se encontraba trabajando de nuevo en Roma, se le diagnostica una úlcera de estómago que se agrava y le causa la muerte por hemorragia el día 21 de noviembre de 1874.

Papa PAULO II

Nació en Venecia el 23 de febrero de 1417, era hijo de Niccolo Barbo y Polixena Condulmer, hermana de Eugenio IV. Aunque estudió administración, recibió una excelente educación religiosa. Llegó a ser Arcediano de Boloña, Obispo de Cervia y de Vicenza, y en 1440 cardenal-diácono. Reconocido por su generosidad e intachable apariencia, el Cardenal de Venecia, como era llamado, estuvo muy influenciado en Eugenio IV, Nicolás V y Calixto III, y un poco menos en Pío II.
Sucedió a Pio II, su elección se debió en parte a la insatisfacción de algunos de los cardenales con la política de su predecesor. Para esto se pudo descubrir la promesa que Barbo le prometió al cónclave, pero que legalmente descartó después de la elección, ya que se oponía a la constitución monárquica de la Iglesia. El Papa Pablo II fue elegido Papa el 30 de agosto de 1464. Presentó espléndidos festivales de carnavales, construyó el palacio de San Marco (hoy conocido como di Venecia), revisó los estatutos municipales de Roma, organizó trabajos de ayuda entre los pobres, otorgó pensiones a algunos cardenales. Su suspensión en 1466 del colegio de abreviadores aumentó la oposición, intensificado por una medida similar contra la Academia Romana. Platina, un miembro de ambas organizaciones, que había estado en varias oportunidades en prisión, se vengó escribiendo una biografía calumniosa de Pablo II.

No se oponía a los estudios Humanísticos, es más, protegía a las universidades, estimulando el arte de imprimir, incluso él mismo fue un recolector de trabajos de arte antiguo. La suspensión de la Academia Romana fue justificada por la degeneración moral y la actitud pagana que incitaba. Por otro lado, el cargo de inmoralidad que Gregorio de Heimburg presentó en contra de Pablo II era insostenible. El papa castigó a Fraticelli en los Estados Papales, persiguió a los herejes en Francia y Alemania, decretó en 1470 el cumplimiento del jubileo cada veinticinco años, y realizó un intento fallido de unir Rusia con la Iglesia. Se le otorgó ayuda financiera a Hungría y al líder albanés Scanderberg. Sin embargo no se obtuvo resultados generales, debido a la escasa cooperación de los poderes Cristianos, a los disturbios en los Estados Papales, donde Pablo II suspendió a los caballeros de Anguillara, y quizás principalmente al conflicto entre el papado y el Rey Jorge Podiebrad de Bohemia.

Falleció el 26 de julio de 1471. Oficialmente la muerte se debió a una indigestión de melón o por que se atragantó con otra fruta. Una extendida leyenda cuenta que murió de un infarto en su cama mientras era sodomizado por un efebo. Esta y otras leyendas pueden haber sido alimentadas por su enemistad con los funcionarios vaticanos, decepcionados por las tímidas reformas de la administración.

CORRAL de Mariano Fortuny

Óleo sobre lienzo, 38 x 46 cm. Pintada en 1869. Fortuny tomó diversos apuntes de gallinas y las incluyó también en alguno de sus cuadr...